Aníbal Zaldivar/ Juan Forn/ Stevenson

Por: Leo Baldo, con la colaboración de Aníbal Zaldivar.

A veces el mar no es de agua. A veces el mar es la distancia, los desafíos del trabajo o las tormentas personales que nos toca capear justo cuando el calendario marca el 25 de diciembre. El poeta y guionista Aníbal Zaldivar nos acerca este tesoro: un poema de Robert Louis Stevenson, traducido por el eterno Juan Forn.

En estos versos, un marinero lucha por su vida frente a la costa de su propio pueblo. Mientras pelea contra velas congeladas y un viento amargo, alcanza a ver el humo de las chimeneas de su casa y el fuego del hogar donde sus padres lo esperan. Es una lección sobre la gratitud y la melancolía: el verdadero milagro de Navidad no es el banquete, sino ese “fuego rojo como un corazón” que nos mantiene calientes en medio de la oscuridad.

Navidad en el mar

(R.L. Stevenson – Traducción de Juan Forn)

Navidad en el mar

RL Stevenson

Las velas se habían congelado y herían las manos desnudas,

la cubierta era una capa de hielo en la que apenas se podía hacer pie;

soplaba noroeste, se venía tormenta, no había más reparo

que esos acantilados que escupían espuma a sotavento.

El bramido de las aguas empezó antes del alba,

pero recién con el día entendimos lo que nos esperaba.

Al instante, en un grito, cada mano fue una,

sujetamos la cofa y nos preparamos para lo peor.

Todo el día escoramos entre Punta Norte y Punta Sur,

todo el día tirando en vano de las velas congeladas.

todo un día, helado como la caridad, amargo como el espanto,

asidos a la vida por instinto, escorando entre Punta Norte y Punta Sur.

Hacia Punta Sur estaba decididamente peor,

pero cada golpe de timón nos abalanzaba a Punta Norte.

el acantilado y las casas estaban tan alto como las olas,

y el guardacostas en su jardín nos seguía con su catalejo.

La escarcha sobre los techos era tan blanca como el mar,

y en cada hogar ardía un fuego rojo como un corazón;

se reflejaba en las ventanas, humeaba por las chimeneas,

juro que hasta el aroma de las cocinas olía a Navidad.

Con júbilo sonaban las campanas de la iglesia,

pues era justo ése, de todos los días del año,

el día de nuestra desventura, el día de Navidad,

y aquella casa a espaldas del guardacostas era la casa donde nací.

Bien sabía yo qué pasaba detrás de aquellas paredes,

el reflejo en los anteojos de mi madre del plateado cabello de mi padre;

y entre ellos las llamas danzando en el fogón

y la vajilla sin usar, solemnemente apilada en la repisa.

Bien sabía yo de qué hablaban: hablaban de mí,

de la sombra de la casa, del hijo que se fue a la mar,

del perfecto idiota , que dios lo proteja,

que tiraba de sogas congeladas en el día de Navidad.

El faro se encendió con la llegada de la oscuridad.

“¡Todos a tirar de las gavias!”, gritó el capitán.

“Me temo que no soportará”, contestó Jackson, el primer oficial.

“Pues deberá, señor Jackson”, le dijo el capitán.

Porque eran nuevas las velas, y eran buenas también,

y el navío lo sabia y el navío lo entendió;

mientras el día se internaba en las puertas de la noche,

la luz del faro nos guió, y el mar abierto nos recibió.

No llegábamos, nos íbamos, Punta Norte y Punta Sur quedaban atrás

Cada alma a bordo suspiró con alivio. Todos menos yo.

Pues lo único que podía pensar, en el frío y la oscuridad,

era que me iba de casa y que mis padres envejecían solos.

(Traducción de Juan Forn).

Una reflexión para nuestra comunidad

El poema nos recuerda que, mientras afuera ruge la tormenta, existe un refugio que nos mantiene a salvo: el del hogar. Pero ese hogar no es solo una construcción de ladrillos; es la comunidad que construimos cada día en Veinticinco de Mayo.

Como en ese barco, todos navegamos aguas que a veces se vuelven difíciles. Sin embargo, la verdadera “Navidad en la tierra” sucede cuando logramos que el brillo de nuestras ventanas sea un reflejo de armonía y consenso. El texto nos habla de un hijo que mira desde lejos la paz de su casa; una paz que nace del respeto y de la voluntad de estar juntos a pesar de las distancias.

Que esta Navidad nos encuentre trabajando para que nadie en nuestra comunidad se sienta a la deriva. Que sepamos ser, para el vecino y para el amigo, ese faro que guía y ese fuego que abraza. Al final del día, la mayor riqueza no es solo sobrevivir a la tormenta, sino tener un puerto de concordia al cual siempre queramos regresar.

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