(Por Leo Baldo) “Los campeones no se hacen en los gimnasios. Se hacen de algo que llevan muy dentro”, decía Muhammad Ali. Y algo de eso aparece enseguida cuando Erwin “Toto” Lobos se sube al ring de las preguntas.
La entrevista es telefónica. Del otro lado no hay pose ni grandilocuencia. Hay un pibe simpático, curioso por las cosas que todavía no conoce y que, antes de empezar, deja una advertencia honesta: le da un poco de vergüenza hablar de sí mismo. Humilde y atento. Como suelen ser los campeones, incluso antes de saberse campeones.
Erwin es de 25 de Mayo. Tiene 17 años y en septiembre cumplirá 18. Es boxeador. Pugilista. Campeón. Aunque él todavía prefiera decirlo bajito.
Cuenta que empezó a boxear “por diversión”. No recuerda bien el momento exacto, pero sí el camino. A los 10 años ya se había puesto los guantes por primera vez, aunque dejó. A los 13, volvió. Y ya no paró. Antes pasó por el fútbol, incluso durante un tiempo hizo ambos deportes en simultáneo. Hasta que el boxeo —como suele pasar— terminó eligiéndolo a él.
“El ring no miente nunca”, decía Mike Tyson. Y Erwin parece haberlo entendido temprano.
Habla con voz calma, sin apuro. Explica que los entrenamientos son exigentes. De lunes a viernes sale a correr, hace bolsa, guanteo y trabajo físico. El cuerpo como herramienta, pero también como responsabilidad. La alimentación acompaña: una dieta pensada para rendir, para sostener la energía que exige el ring, para estar cuando hay que estar.
Friedrich Nietzsche escribió que “quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. En el caso de Erwin, ese “porqué” aparece sin necesidad de nombrarlo: en la constancia, en la rutina, en la decisión diaria de volver al gimnasio cuando otros descansan.
Actualmente entrena con Analía Repollo, Rolando “Rolo” Chistaro y Carlitos Ortega, un equipo que lo acompaña y al que nombra sin vueltas, con respeto. Porque en el boxeo, como en la vida, nadie llega solo.
El fin de semana pasado, Lobos volvió a subir al ring. Y volvió a conquistar. En Mar del Plata, se quedó con el Súper 4 hasta 69 kilos y unificó los títulos bonaerenses, en una de las peleas más esperadas del calendario amateur. Enfrente estuvo Ignacio Remoli, púgil de O’Brien. Era revancha. Y Erwin no dejó dudas.
“Este último título, para mí, es esfuerzo, esfuerzo y sacrificio”, dice. Lo repite. No como consigna, sino como certeza. Se lo escucha contento, con hambre de futuro. “Ahora que tengo este título, tengo más ganas de seguir”.
“El sacrificio es temporal, el orgullo es para siempre”, decía Julio César Chávez. Erwin todavía está en la parte dura, la que no siempre se ve.
Por eso agradece; porque entiende el recorrido como algo colectivo: “a Analía, a Rolo, a Carlitos, a Javier… y a mi mamá. A todos. Porque siempre me apoyan y me llevan para todos lados”.

Cuando habla del futuro, no duda. No promete. Sueña. “Mi sueño es algún día llegar a ser profesional”.
Erwin no se da cuenta —todavía— de que ya llegó a algo importante. Porque no se queda quieto en el logro. Porque traza el itinerario, como quien sabe que el camino sigue. Nietzsche también dejó escrito que “uno debe llevar en sí mismo un caos para poder dar a luz a una estrella danzante”. Tal vez eso sea crecer: aprender a pelear con el propio caos.
Lo demás lo dirán las campanas: las que suenan en rings con más luces, más público, más ruido. Las que, algún día, lo pondrán en planos más grandes y harán que más voces pronuncien su nombre.
“Un verdadero campeón no es el que nunca cae, sino el que siempre se levanta”, decía Rocky Marciano.
Erwin no se rinde.
“Hay que seguir y meterle”, remata el veinticinqueño.
Y así será.
Así será.
