Opinión/ por Leo Baldo.
La política, hace tiempo, se redujo a la rosca, al marketing o administración fría. Ya lo sabemos. Usá tu celular que es parte de tu brazo e investigá.
Dado el caso expuesto, hablar de espiritualidad puede sonar extraño. Pero la verdad es otra: toda política tiene una dimensión espiritual, aunque no siempre se perciba.
No hablamos de religión. Hablamos de valores, de sentido, de para qué se gobierna y a quién se pone en el centro. La política, y es importante, no solo gestiona recursos: gestiona esperanzas, miedos, dolores y futuros posibles. Y no ingresa a los cálculos de lo que se considera “real”.
Vamos: gobernar no es solo administrar
Ya lo decía Aristóteles hace más de dos mil años: “la polis existe para vivir, pero permanece para vivir bien.”
Es, que, la política no se justifica solo por evitar el caos, sino por buscar una vida digna en común. Cuando se difumina, lo que queda es puja de poder sin manto. Solo está desnudo.
Por eso, el bien común nunca fue solo una cuestión económica. Es una definición ética: quién importa, quién queda afuera, qué vidas valen la pena ser cuidadas.
Perón lo dijo sin vueltas
En la Argentina, Juan Domingo Perón fue explícito donde muchos prefieren el silencio: “un gobierno sin doctrina es un cuerpo sin alma.”
No es una metáfora menor. Para Perón, la política sin alma —sin valores, sin orientación— se convierte en maquinaria. Funciona, pero no conduce. Administra, pero no transforma.
Y, en La Comunidad Organizada fue todavía más claro: “la verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo, sobre la base de una concepción moral y espiritual de la vida.”
Moral y espiritual. No técnica. No neutral. No aséptica.
Además, Perón también marcó distancia del materialismo puro: “sin valores espirituales no hay justicia social posible.”
La justicia social no es solo repartija de ingresos. Es dignidad, reconocimiento, comunidad. Es entender que el ser humano no es una pieza del mercado.
Por eso insistía: “nuestra doctrina pone al hombre por encima del capital y a la comunidad por encima del individuo aislado.”
Eso es espiritualidad política: poner límites al egoísmo y al poder.
Cuando la política pierde el alma
La filósofa Simone Weil lo advirtió con perfecta crudeza “una política sin raíces espirituales se convierte en fuerza bruta.”
Y no hace falta irse lejos para verlo: cuando la política pierde sentido, se vuelve violencia, cinismo o negocio.
En esta línea, Perón lo sintetizó mejor que nadie en una de las Verdades Peronistas: “la política no es un fin, sino un medio para alcanzar la felicidad del pueblo.”
La felicidad del pueblo no se mide en encuestas breves. Se siente en la vida cotidiana: en el trabajo, en la calle, en la pertenencia, en saber que nadie sobra.
En definitiva:
La política siempre habla de lo espiritual, aunque no lo diga.
Cada decisión define qué vidas importan y cuáles no.
Cuando se olvida de eso, se vacía.
Cuando lo asume, vuelve a ser herramienta de transformación.
Perón y demás filósofos y políticos de nuestro, lo debatieron hace décadas. Tal vez el problema no sea que la política tenga espiritualidad, sino que algunos prefieren una política sin alma.
