Tango la fuentecita 25 de Mayo

Frente a la quietud de la vieja estación, allí donde la calle 36 se cruza con la 9, el asfalto se vuelve refugio. El colectivo “La Fuentecita” recupera la liturgia del abrazo en la Plazoleta Soledad: una milonga parida por el empuje de vecinas y vecinos que encuentran en el pulso de D’Arienzo una medicina contra la soledad. Entre el “chamuyo” de los zapatos y la mística de un romance de tres minutos, el tango deja de ser nostalgia para transformarse en una frecuencia sanadora que nos vuelve a juntar.

Hay una lingüística del alma que no se explica con frases, sino que se camina sobre las baldosas. En la Plazoleta Soledad, allí donde la calle 36 y 9 se rinde ante la estampa nostálgica del ferrocarril, el colectivo “La Fuentecita” ha erigido un santuario para el “dos por cuatro”. No es solo una cita coreográfica impulsada por el puro empuje de vecinas y vecinos; es un refugio contra la intemperie espiritual, un espacio donde el abrazo vuelve a ser el lenguaje sagrado que le gana el tirón a la soledad de estos tiempos.

Este encuentro brota de la inercia del cuerpo que busca al otro, transformando el asfalto frente a la estación en una milonga de puertas abiertas y piel encendida.

Hay algo de la crudeza visceral de “El último tango en París” en este rincón: esa entrega absoluta donde el mundo de afuera se disuelve y solo queda la verdad del contacto. Bajo el látigo rítmico de Juan D’Arienzo, el “Rey del Compás” que impone su ley nerviosa para obligar al corazón a latir a tiempo, se le quita el “mufi” al cuerpo y se pone a punto el “marote”. Aquí, el tango se revela como una “frecuencia sanadora”, una terapia de manos entrelazadas que estremece el espíritu y aquieta la mente mientras el eco de los rieles parece acompañar el fraseo del fuelle.

La plaza se convierte en una casa sin paredes, un “mar narrativo” donde se aprende a la par. Entre el “chamuyo” de los zapatos que dialogan con el piso y el aroma del mate, se mezclan los firuletes de los que ya saben cómo “sacarle viruta” a la baldosa con la timidez de los que recién se animan a dar el primer paso. Es una geografía de pertenencia pura, sin jerarquías; solo existe el respeto por la tanda y la generosidad de quien ofrece su brazo para construir ese romance efímero de tres minutos.

“Este espacio es lo que estamos necesitando para ser un poco mejores”, sostienen quienes le ponen el alma a la organización. Porque cuando el último tango suena y el silencio regresa a la estación, lo que permanece no es solo la melodía, sino la seducción de haber sido uno con el otro en la danza. La invitación queda abierta para los que prefieren “relojear” desde la sombra del andén o para quienes deciden, por fin, entregarse al centro de la pista. El tango nos espera siempre en la 36 y 9, recordándonos que nuestra identidad se escribe paso a paso, en el calor del encuentro vecinal.

Cita con el sentimiento: Todos los domingos, desde las 20:00 horas, en la Plazoleta Soledad (36 y 9).

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