Carnaval Mosconi

El interior profundo de Veinticinco de Mayo recuperó su mística. Entre el polvo de los caminos y el eco de los corsos de antaño, Mosconi, Valdés, Riestra, Pedernales, San Enrique, Del Valle, Gobernador Ugarte y Ernestina sellaron un consenso que trasciende la fiesta: la comunidad organizada como motor de identidad. Con la mirada puesta en el turismo rural y el respaldo de una gestión de Ramiro Egüen que, apuesta por el protagonismo de las localidades, el norte y el sur se agruparon para demostrar que, cuando la llama del trabajo y el respeto se enciende, el carnaval vuelve a ser ese banquete rabelaisiano donde todos somos uno.

Por Leo Baldo

Hay una mística que no se explica con gacetillas de prensa. Se entiende ahí, en el territorio, cuando el polvo de la calle se mezcla con el aroma de la espuma y el murmullo de una comunidad que decidió no ser más periferia. Lo que vi ayer en Mosconi —y lo que late en Valdés, Norberto de la Riestra, Pedernales, San Enrique, Del Valle y Ernestina— no fue un simple festejo de calendario. Fue la manifestación de una reserva moral: la de los pueblos que saben que su destino se escribe con las manos propias.

Bajtín en la vereda: El banquete de los iguales

Si uno se pone a hurgar en los textos, como hacía Mijaíl Bajtín al desmenuzar la obra de François Rabelais, entiende que el carnaval es mucho más que baile. Es el mundo al revés; es la plaza pública donde las jerarquías se diluyen para que aparezca el hombre, el vecino, el ser humano despojado de etiquetas. En el interior profundo de nuestro partido, ese espíritu rabelaisiano volvió a brotar. No hubo norte ni sur divididos por mezquindades; hubo un agrupamiento, un consenso de voluntades que compartieron el brillo, el sonido y el esfuerzo.

Es el carnaval de antaño recuperado. Pero no desde la nostalgia que paraliza, sino desde la comunidad organizada para el trabajo. Son las buenas costumbres hechas carne: el respeto absoluto, la diversión que no necesita permiso y esa producción silenciosa que sostiene al turismo rural. Es el “nosotros” ganándole por goleada al “yo”.

Egüen y el pulso del territorio

Hay que decir que Ramiro Egüen lo hizo. Y lo hizo con el cuerpo, que es donde se validan las promesas en política. Estuvo ahí, en Mosconi, no para la foto de rigor, sino para reconocer esa llama que fomenta el arraigo. Egüen leyó el código del interior: entendió que gobernar es potenciar esa fuerza colectiva que levanta un club, que organiza un corso y que cuida su identidad como quien cuida el agua.

Su presencia fue el sello de un Estado que acompaña el pulso de su gente. Porque cuando hay decisión política y un pueblo que no se rinde, la fiesta deja de ser un evento para convertirse en un acto de soberanía cultural. Vimos un interior que no solo se divierte, sino que produce y construye organización popular.

Un fuego para siempre

Al final, cuando las luces se apagan y queda el eco de la comparsa en el aire fresco de la noche pampeana, lo que sobrevive es el vínculo. Se rescató el espíritu de las localidades. Se demostró que, cuando hay respeto y organización, el interior es el centro de todo.

Esta política de integración, este abrazo entre pueblos que comparten el mismo horizonte, no puede ser una excepción de verano. Esto debe seguir para siempre. El consenso alcanzado y la visibilización de nuestra gente de campo y de pueblo deben convertirse en el nuevo estándar de gestión. Me volví de Mosconi pensando en que esa llama —la del trabajo, la de la fe en lo nuestro— es invencible mientras decidamos mantenerla encendida. El carnaval de antaño regresó para recordarnos quiénes somos y que, en este suelo, nadie camina solo.

Fotos: Ariel Torres.

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