el amor filial Domingos en Familia

Opinión/ Por Leo Baldo

A veces nos olvidamos de lo que significa ser vecinos. Nos encerramos. Miramos la pantalla en la búsqueda de nada. Pero el domingo en Plaza Democracia, en 18 y 19, ocurrió algo diferente. Una epifanía sobre el césped que se choca con el cemento que fundan las veredas.

Se vio en la segunda edición de “Domingos en Familia”. Y la palabra clave no es “evento”, es familia.

¿Qué es el amor filial? Es ese afecto que nace de la raíz común. Es el amor que le tenés a un hijo, a un padre, pero que en una comunidad se extiende al que camina al lado tuyo. Es entender que el pibe que baila ritmos urbanos en el escenario podría ser tu nieto. Que la artesana que ofrece su trabajo es la vecina que pelea el mango como vos.

Como decía Confucio: “La fuerza de una nación deriva de la integridad del hogar”. El amor filial es el aprendizaje del respeto que empieza en casa, pero desborda hacia la plaza. Si aprendemos a cuidarnos como familia, la sociedad se acomoda sola.

Ese lazo es lo que nos mantiene en pie. Por eso la propuesta es interdisciplinaria. Porque la vida no es un compartimento estanco. Desarrollo Humano y otras áreas se estrechan la mano. Para que una familia sea feliz necesita pan, trabajo y que sus cuentas estén saldadas, pero también necesita alma, música y encuentro.

El intendente Ramiro Egüen estuvo ahí. No como una figura lejana, sino como parte de esa gran mesa familiar. Habló de “volver a las raíces”. Volver a las raíces es volver al mate en la plaza. A la charla sin apuro. A ver cómo los más chicos juegan mientras los grandes nos reconocemos en el otro.

La Plaza Democracia se llenó de vida. Hubo danza. Hubo emprendedores que son el motor silencioso de nuestro pueblo. Y hubo espacio para la lucha, con la Fundación “Donde quiero estar”. Porque la familia también está en el dolor y en la esperanza.

Esto recién empieza. La idea es que este living itinerante recorra cada barrio y llegue al interior. Que no quede un rincón de 25 de Mayo sin sentir ese calorcito de saberse parte de algo más grande.

Porque cuando nos miramos a los ojos y compartimos el arte de nuestra comunidad, dejamos de ser un guarismo que pretende ser carne y alma. Volvemos a ser lo que nunca debimos dejar de ser: una familia que se cuida y que se proyecta.

“Nos vemos en la próxima plaza. Llevá el mate. La familia te espera”, me dijo un vecino.

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