avicii

Un mensaje de WhatsApp que tardó seis años en madurar. Entre el refugio de la casa de mi abuela en la 33 y 8 y el silencio de Omán, emerge la figura de Avicii no como un DJ, sino como un Vagabundo del Dharma. Una reflexión escrita bajo el pulso eléctrico del ayuno espiritual, donde la música electrónica, los sutras budistas y la soledad de los poetas se funden en un solo idioma de silencios. Hay muchos como él en el mundo, y también en nuestro pago.

(Por Leo Baldo) Era el año 2018. Mi amigo Gabo —Garry, Gaviolo, Gabriel Nicora para la formalidad del registro— soltó una piedra en el estanque quieto del grupo de WhatsApp del Guemes. “Murió Avicii”, escribió. Yo leí la notificación, deslicé el dedo sobre la pantalla y dejé que el dato se perdiera en el ruido de lo cotidiano. En ese grupo, la electrónica era —y es— religión para muchos de mis amigos. Yo conocía los himnos del sueco, claro; me alcanzaban sus melodías cada vez que Gabo las ponía, pero en aquel entonces mi brújula apuntaba hacia otros nortes. Elegía músicos, compositores y cronistas que habitan el territorio ancho del rock, el folclore y el tango.

Mis días tenían el ritmo de una quinta a tiempo parcial y el refugio de la casa de mi abuela, allá en la esquina de la 33 y 8. Me sentaba frente a la casa de Juanito con un encargo entre manos: redactaba un libro para un cliente. El mundo pasaba por otro lado. Ni siquiera con el Tano, con Carlos, con Walter o con Damián tuvimos la ocurrencia de dedicarle un bloque en nuestro programa de FM Mil. Nuestra propuesta era puramente musical, un juego de sonidos con las artísticas y entrevistas extensas con los artistas del pago. Poemas, muchos. Política, la necesaria. Aquella vez respeté a Gabo, validé su dolor con un par de preguntas de compromiso sobre el artista y cerré la pestaña de la curiosidad.

El despertar en la vacuidad del ayuno

Pasaron seis años. Hoy me encuentro en una fase de ayuno espiritual que me despoja de lo accesorio, de los consumos que arrastro. Con el cuerpo liviano y la mente en una paz eléctrica tras horas de privación voluntaria, el documental de Netflix apareció en el radar. Lo vi bajo una luz distinta. Más allá de las pistas de baile y los estadios que revientan de gente, di con su mirada. Descubrí una genialidad febril al momento de la composición. Fue un choque con el frenesí puro de un rubio que no era un DJ, sino un poeta que trascendió cualquier límite de la industria.

Avicii era un poeta. Alguien que sentía el mundo a un volumen que su cuerpo no pudo soportar. No mezclaba solo sonidos; ordenaba el caos emocional de una generación con la misma precisión con la que un sutra ordena el espíritu. Su música fue su métrica y su tragedia fue su rima final. Feneció en Omán a los 28 años, pero su estela recién me alcanzó esta madrugada en el silencio de 25 de Mayo.

Sincronicidad: el Sutra y el sintetizador

En este estado de introspección y limpieza, las palabras de Tim y las enseñanzas del Buda se funden en una sola frecuencia:

Sobre la identidad: Tim Bergling dijo alguna vez: “Trato de no centrarme en el éxito, sino en la música”. Es el eco exacto del concepto budista de Anatta (el No-Yo): el artista desaparece para que la obra sea pura, sin el peso del ego que reclama aplausos.

Sobre la búsqueda: “Vive una vida que recordarás”, cantaba él. El Buda, en su último suspiro, dejó un mandato similar: “Sed vuestras propias lámparas. Esforzaos con diligencia por vuestra liberación”. Ambos entendieron que el tiempo es un derrotero finito y que la única huella real es la que nace de la honestidad interna.

Sobre el vacío: El ayuno me enseña que en el vacío reside la plenitud. Tim buscó ese vacío en el silencio del desierto, lejos de las luces. Como dice el Sutra del Corazón: “La forma es vacío, el vacío es forma”. La música de Avicii era la forma; su fragilidad era el vacío que la hacía posible.

El idioma de los silencios

Avicii no fue una celebridad; fue un Vagabundo del Dharma. Un peregrino que, como los personajes de Kerouac, buscó la iluminación en el movimiento perpetuo para terminar descubriendo que el exceso de ruido es la forma más cruel de la ceguera. Él habitó esa “mística de la ruta” en cada track, intentando descifrar el misterio de la existencia entre la multitud y la soledad más absoluta.

Su tragedia fue la de quien encuentra la verdad, pero no tiene un cuerpo que resista tanto peso. Al final, Tim Bergling entendió que la forma es vacío y el vacío es forma.

Hoy, con el sol que asoma sobre las calles de 25 de Mayo, entiendo que el poeta sueco y muchas personas más habitamos el mismo idioma de silencios. Hay muchos Avicii en el mundo y en nuestro pago. Hay muchos vagabundos que, en el ayuno o en la palabra, seguimos buscando ese Dharma que nos devuelva a casa.

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