Espejitos de colores y perfiles sin rostro: el desierto de la política digital

Perfiles truchos, soberbia de Instagram y políticos que ya no leen la calle. Cuando la crisis estalla, los ejércitos de sombras no alcanzan y el teléfono del periodismo serio vuelve a sonar. Una columna cruda sobre el estado de las cosas en 25 de Mayo.

Por Leo Baldo

Hubo un tiempo en que la política se hacía de frente. Se caminaba la vereda, se bancaba el reclamo en la panadería y, si la gestión flaqueaba, el dirigente ponía el pecho. Ahora, ese coraje se mudó hace tiempo a un templo oscuro construido de las miasmas que nos legó Nick Land (lean a Land). Es que en 25 de Mayo, como en tantos otros pagos, asistimos a un post- espectáculo patético: una clase política que vive mirando una pantalla llena de fantasmas.

De esta manera, el “veneno” digital se convirtió en la moneda de cambio de los políticos en general. Perfiles sin foto, nombres inventados y una “claque” paga que aplaude desde la sombra de un algoritmo. Es la soberbia del like. Se encierran en un microclima donde 50 cuentas truchas les dicen que son genios, mientras el vecino de carne y hueso, el que pisa el barro o espera el turno en el hospital, ni siquiera figura en sus notificaciones de Instagram.

Lo más triste no es que usen esos perfiles; lo más triste es que se los creen. Los políticos se anclan en ese veneno para ignorar la realidad. Cuando el periodismo pregunta, cuando este medio busca la respuesta técnica y el dato duro, el funcionario desprevenido saca el casete de las redes. En los comentarios dicen otra cosa”, balbucean, confundiendo el ruido de un bot con el pulso de un pueblo.

Pero la pantalla tiene un límite: no vota, no camina y, sobre todo, no tiene memoria. El veneno digital es volátil, se esfuma cuando se corta la pauta o cuando la crisis, estalla de verdad. Y ahí es cuando el teléfono suena. Ahí es cuando los que ayer te ninguneaban por no sumarte al aplauso fácil, te buscan con la urgencia del náufrago. Buscan profesionalismo porque se dieron cuenta de que su ejército de sombras no tiene credibilidad.

Nosotros nos mantenemos en el mismo lugar. Con la firma puesta y la cara al sol. Porque el periodismo no murió; lo que está muriendo es la capacidad de los políticos de leer la realidad más allá de su propio ombligo digital.

Señores políticos: dejen de mirar el reflejo deformado de sus perfiles truchos. Salgan a la calle. Lean un poco. El vecino real los está esperando, y él no usa filtros para decirles que las cosas no están bien.

Y a mí, con el diario de Yrigoyen versión 2026, no me rompan las pelotas.

Y, para el día del periodista, llamen a los trolls, conmigo no cuenten porque soy un inútil.

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