A poco menos de 200 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, Saladillo ofrece una invitación distinta: bajar un cambio y volver al origen. En pueblos y parajes del partido, antiguas pulperías y almacenes de ramos generales recuperaron su espíritu y hoy vuelven a ser lo que siempre fueron: lugares de encuentro, de comida compartida, de historias dichas en voz baja y memoria viva.
En Cazón, a 15 kilómetros de la ciudad cabecera, Lo de Tenca volvió a abrir las puertas de un histórico boliche del pueblo. Con comidas criollas, picadas, asados y postres caseros, el espacio conserva su estética original: manteles a cuadros, objetos antiguos y un clima familiar que invita a quedarse. El proyecto rescata la historia del viejo almacén de Orlando Tenca y la transforma en una experiencia gastronómica con alma de pueblo.
En Álvarez de Toledo, El Puntal es mucho más que un lugar para comer. Fundado en 1930 y reabierto en 2012, conserva pisos gastados, mostradores originales y una impresionante colección de libros contables que registran la vida comercial del pueblo desde 1937. Gastronomía, museo y memoria se mezclan en un espacio auténtico, sostenido por una familia y su comunidad.
También en Cazón, la Pulpería de Cazón renació en 2023 de la mano de cinco amigos que apostaron a preservar la tradición. Comida criolla, música popular, libros gauchescos y productos regionales conviven en un espacio accesible y genuino, donde la identidad rural se comparte sin pose.
En Polvaredas, el Bar Luna Park es el corazón del pueblo. Bar, museo y cancha de bochas, conserva la mística de cuando el tren pasaba y las charlas no tenían apuro. Cada objeto cuenta una historia, y cada visita es un viaje al pasado.
La propuesta se completa con El Payador, pulpería y restaurante de campo donde la gastronomía criolla y la música en vivo vuelven a encontrarse, y con La Peña del Oxidado, un espacio cultural en Álvarez de Toledo que combina arte, fogón y encuentros al aire libre.
Saladillo propone así una escapada cerca de casa, donde comer también es recordar y sentarse a la mesa es, todavía, una forma de pertenecer.
