aceleracionismo

(Editorial) Cuando todo parece ir mal, algunas ideas proponen acelerar la caída del sistema en lugar de arreglarlo despacio. Suena tentador, pero detrás del concepto, quien paga el golpe es la gente de a pie, mientras, nosotros, los medios y las redes muchas veces solo amplifican la bronca y el caos.

Hay una idea que suena fuerte: el aceleracionismo. Básicamente dice: si todo está mal, no lo arregles despacio; dejá que se acelere hasta que se caiga y algo nuevo nazca. Suena tentador cuando uno está cansado de promesas vacías y de que nada cambie.

Pero en la vida real, no somos sistemas ni estadísticas: somos gente. El colapso lo sufren los vecinos, los laburantes, los chicos que dependen de la escuela, los abuelos que esperan su pensión. Los que tienen plata o poder casi nunca sienten el golpe. Y aun así, los medios lo contamos todo como un espectáculo: la pelea política que dura semanas, el escándalo que se repite en todos lados, el titular que te hace enojar antes de tomar un café.

No es que los periodistas queramos que todo explote, pero el formato y la urgencia muchas veces hacen que el enojo y la bronca sean protagonistas, y terminamos todos sintiendo que el mundo está a punto de venirse abajo. Las redes lo multiplican: el primer mensaje que ves suele ser el más duro, el más indignante, y casi siempre nadie te dice cómo reconstruir después.

Así, entre los medios y las redes, el aceleracionismo deja de ser teoría y se siente como un clima: uno que te hace pensar que romper todo es la única salida, aunque nadie te cuente cómo salimos juntos de eso.

Por eso es importante parar un segundo y mirar a las personas detrás de las noticias. Porque comunicar no es solo informar: es decidir si empujamos al caos o si damos espacio para pensar, discutir y cuidar lo que importa.

Dicho sin vueltas, el aceleracionismo plantea que el sistema no se arregla con parches ni con reformas lentas, sino empujándolo hasta el límite para que colapse y dé lugar a algo nuevo. En vez de frenar los problemas, propone acelerarlos.

La lógica es sencilla: si la economía aprieta, que apriete más; si el sistema es injusto, que lo sea sin disimulo. Según esta mirada, cuando todo se vuelve insoportable, la sociedad reacciona y se produce un cambio profundo.

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