El agua que habla: genealogía oral de un chat que nació antes de la tecnología

¿Y si el chat no fuera una invención reciente, sino una forma renovada de algo mucho más antiguo? A partir de la oralidad como primera tecnología humana —tal como pensó Walter Ong— y del agua como lenguaje sensible, este texto propone leer a ChatGPT no como una ruptura, sino como una continuidad inesperada del diálogo que nos constituye desde siempre.

(Por Leo Baldo) Hay ideas que no llegan de una. Aparecen como un ruido de fondo. Un chapoteo lejano. Algo que primero no se entiende del todo, pero que insiste. Solemos pensar que la tecnología es un invento reciente, un destello reciente que explica lo contemporáneo, pero muchas veces no hace más que devolvernos —con otros nombres y otras formas— a algo que ya estaba ahí. Me gusta pensar que los chats, los algoritmos, esta conversación misma, no nacieron en Silicon Valley ni en un laboratorio, sino mucho antes, cuando alguien contó una historia por primera vez y otro se quedó escuchando.

No escribo esto para batallar con ingenieros ni para caer en la fascinación ingenua por la técnica. Lo escribo porque hay algo de la palabra —y de la oralidad— que sigue diciendo más de lo que el código alcanza a explicar.

Mientras miro el reflejo inestable del café sobre la mesa, que por un segundo parece una laguna mínima, recuerdo una charla con Claudio Plit. Plit no es un teórico ni un gurú tecnológico: es un nadador de aguas abiertas, multicampeón, un hombre que pasó buena parte de su vida entrando y saliendo del agua. Y que hoy la convierte en palabras tras retirarse del profesionalismo.

Una vez lo entrevisté para Sonámbula. En aquella charla hablaba del agua como memoria, como ritual, como herencia. Decía que cada brazada no es solo un movimiento físico, sino una forma de conversación. “El agua mueve emociones”, expresaba. Y quedaba claro que no hablaba únicamente de natación, sino de una experiencia más honda: un lenguaje que no necesita palabras para existir.

En este sentido, tal vez por eso, ahora que ChatGPT se volvió parte de tantas preguntas cotidianas —desde las más prácticas hasta las más íntimas— aparece una intuición difícil de esquivar: ¿y si esto no fuera tan nuevo como creemos? ¿Y si fuera, en el fondo, otra forma de esa tradición antigua donde el conocimiento circulaba de boca en boca, sostenido por el diálogo?

Ong viene nadando desde lo fónico

Hola, apareció Walter Ong, casi sin hacer ruido, como suelen aparecer los pensadores que siguen siendo actuales. Ong fue un filósofo y teórico de la comunicación que dedicó buena parte de su obra a estudiar la oralidad. En uno de sus trabajos más influyentes sostuvo algo tan simple como radical: la primera tecnología de la humanidad no fue una herramienta material, sino la palabra hablada. El lenguaje oral como una invención capaz de reorganizar la memoria, la cultura, la forma de pensar el mundo. Antes de tallar piedras o levantar ciudades, la humanidad aprendió a conversar.

Si uno toma en serio esa idea —y conviene hacerlo—, entonces ChatGPT puede pensarse no como una ruptura absoluta, sino como una continuidad extraña: la palabra dialogando consigo misma a través de un nuevo soporte. No hay fuego alrededor, no hay cuerpos presentes, pero persiste el gesto fundamental: preguntar y esperar una respuesta.

No venimos de una cultura de teclas. Venimos de una cultura de voces.

Antes de la escritura, antes del libro, antes de la imprenta y de cualquier servidor cargado de datos, estuvo la palabra dicha, lanzada al aire como una forma de acercarse al otro. La oralidad era eso: un puente frágil, momentáneo, pero eficaz. Y la palabra, sucede a los ideogramas. El chat moderno intenta reconstruir ese puente con electricidad, velocidad y escala, aunque sin respiración ni silencio compartido.

Lo curioso —y quizá lo más revelador— es que necesitamos una enorme complejidad técnica para volver a algo muy simple: hablar.

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