silos de Arregui

Lo que para muchos es solo chatarra y olvido, para el autor de “La broma infinita” es la materia prima de la realidad. Una crónica sobre cómo la mirada persistente transforma el paisaje de Veinticinco de Mayo en literatura, fotografía y cine.


(Por Leo Baldo) El sol de la tarde en Veinticinco de Mayo tiene una densidad particular; parece filtrar la realidad a través de un tamiz dorado y polvoriento. Diviso a David Foster Wallace caminando hacia la Cruz. Lleva esa bandana icónica y el tomo inabarcable de La broma infinita bajo el brazo, como si fuera un escudo contra la vacuidad del paisaje.

Me detengo frente a la estructura de metal corrugado, donde el óxido ha dibujado mapas de un tiempo que ya no vuelve. Él también se detiene, con esa timidez intelectual que siempre parece estar pidiendo disculpas por observar demasiado.

Tenés razón, David —le digo, señalando los silos de Arregui—. Todo esto que a simple vista parece aburrido, alejado y que supuestamente no tiene nada que ver con la “realidad” inmediata, si lo mirás por un tiempo suficientemente largo, se transforma. Se vuelve escritura, se vuelve fotografía y se vuelve cine.

David baja la vista al suelo de tierra, patea una piedra pequeña con la parsimonia de quien analiza la trayectoria física del impacto, y luego levanta los ojos hacia el metal carcomido.

Es que el aburrimiento, en este contexto, es una especie de membrana —dice con una voz suave, casi monocorde—. La gente cree que lo “divertido” es lo que brilla, lo que grita. Pero estos silos… estos silos son honestos porque no intentan seducirte. Están ahí, siendo simplemente materia y tiempo.

Se ajusta la bandana y continúa, mientras una ráfaga de viento hace vibrar una chapa suelta en lo alto, produciendo un gemido metálico:

Si te quedás acá el tiempo suficiente, el objeto deja de ser un obstáculo en el paisaje y empieza a revelarte su gramática. La escritura no es inventar algo sobre los silos; es tener la disciplina de no apartar la vista cuando el silencio se vuelve incómodo. Lo que llamamos “aburrido” es solo el nombre que le ponemos a nuestra propia incapacidad de prestar atención. Una vez que rompés esa membrana, los silos de Arregui dejan de ser ruinas y se convierten en puro lenguaje.

Nos quedamos un momento en silencio, bajo la sombra proyectada por la mole oxidada. Él retoma su caminata hacia el horizonte de la llanura, y yo me quedo frente a los silos, entendiendo que la realidad no es lo que pasa, sino lo que queda cuando uno decide, finalmente, no mirar para otro lado.

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