Emma Bovino tiene 17 años y 5 meses. El domingo se convirtió en la piloto más joven del Aeroclub 25 de Mayo y en la primera “tercera generación” de una estirpe de aviadores locales. Sin embargo, para ella el cielo no es una estadística ni una carrera comercial: es el lugar donde guarda los mejores recuerdos con su padre y la libertad de ver el mundo desde otra perspectiva. Una charla sobre nubes, mates en el hangar y la pasión por el vuelo como un refugio de identidad.
El cielo de 25 de Mayo tiene una nueva dueña. Se llama Emma Bovino. El domingo bajó del avión con la licencia de Piloto Privado en la mano. Es la más joven en lograrlo. Es la primera “tercera generación” de una escuela que es cuna de aviadores. Pero para ella, la estadística es lo de menos. Lo que importa es el hangar.
Para Emma, la identidad de piloto se construye en tierra firme. “Volar es algo que va más allá de simplemente volar”, dice con una madurez que asombra. “El que te diga que es solo eso, por ahí no lo ve como algo que le llene de sentimiento. Para mí no es sacar un avión y dar una vuelta arriba al pueblo con mi papá, sino el que se despierte la intriga por probar algo nuevo, compartir momentos que después son recuerdos que no te olvidas más”.

Para ella, el club es su segunda casa. Es el lugar de los mates, de jugar con los hijos de los amigos de su padre y de los asados donde las anécdotas mandan. “Volar es solo parte de ser piloto, sino es todo lo que se construye en el lugar donde se aprende”, define.

El recuerdo de las nubes
Emma creció entre nubes. De chica, el juego eran los “subibajas” en el aire para sentir las cosquillas en la panza. “Mi papá me llevó a volar cerca de una nube para que pudiera ver qué era. Por más que son una boludez porque son solo gases, el hecho genera recuerdos de decir que es mi infancia”, cuenta.
Como decía Saint-Exupéry: “El mundo es más bello cuando se lo ve a través de la mirada del que vuela”. Emma lo confirma desde la cabina: “No hay nadie ahí arriba y se ve todo muchísimo más lindo que cuando vas caminando”. Esa paz del atardecer desde el aire es su cable a tierra.

Volar por el viejo
Muchos ven la tradición familiar. Ella ve tiempo con su padre. “No empecé el curso por las tres generaciones de pilotos. Lo hice por querer compartir más tiempo con mi papá”, confiesa. De acompañarlo a comprar herramientas a lo de Ferrari o al supermercado, pasó a compartir el comando de un avión. Volar fue el regalo que le permitió estar cerca de Juan Pablo. Por eso, más que una dedicatoria, siente un agradecimiento: “A mis papás por ofrecérmelo, por acompañarme, llevarme y traerme. A mi instructor por enseñarme y a mi tío por los consejos”.
La libertad del hobby
Emma tiene los pies en la tierra. A diferencia de muchos que ven en la aviación una salida laboral, ella elige otro rumbo. “Terminaría acá. No quiero seguir haciendo comercial. Me gusta ir y disfrutarlo como un hobby, pasarla bien más que tenerlo como una responsabilidad”.
A los jóvenes de su edad, les deja una invitación final: “Si pueden, denle una oportunidad porque siempre es bueno conocer gente nueva. Es salir de la zona de confort. Acérquense al club, tomen un mate. No es solo un curso para recibirse, es tener una nueva perspectiva”. 25 de Mayo tiene una nueva piloto. Una que sabe que, para entender la ciudad, a veces hay que mirarla desde arriba.

