Panaderos de Saladillo elaborando la tradicional galleta de piso para la fiesta nacional.

Saladillo se prepara para la 6ta edición de un evento que une historia, gastronomía y cultura. El 11 y 12 de abril, la plaza principal será el escenario de una celebración que rinde culto a la galleta que nació en un horno de barro y terminó conquistando una medalla de oro en Milán.

Por Leo Baldo

Hay sabores que no se explican con recetas, se explican con mapas y almanaques. En Saladillo, la galleta de piso es mucho más que harina y agua: es una herencia que se cocina sobre el ladrillo caliente y que una vez, hace más de un siglo, se animó a cruzar el Atlántico para dar el golpe.

La historia dice que en 1912 la panadería La Estrella encendió un fuego que todavía no se apaga. Los Onís, una familia con las manos blancas de tanto amasar, mandaron en 1918 una lata de esas galletas rústicas en un barco rumbo a Italia. Semanas de oleaje y salitre para llegar a un concurso internacional en Milán. Contra todo pronóstico, esa pieza de campo nacida en el aprovechamiento del calor del horno se trajo la Medalla de Oro. El primer premio mundial para un producto que nació simple y terminó siendo leyenda.

El rito de abril en Saladillo

El próximo 11 y 12 de abril, Saladillo vuelve a poner la mesa grande. La 6ta Fiesta de la Galleta de Piso no es un evento más; es el pueblo reconociéndose en el espejo del horno. La plaza será el escenario donde veintitrés instituciones locales transformarán ese pan histórico en platos de identidad: bondiolas, lechones y bruschettas que abrazan la tradición.

Habrá artesanos, emprendedores y una programación que no da respiro. El sábado arranca la música a las 15:00 y el domingo, después de una masterclass de cocina a cargo de Emiliano Machado, el cierre quedará en manos de Axel. El intendente José Luis Salomón lo tiene claro: esta fiesta posiciona a Saladillo como un destino que sabe cuidar lo suyo.

Identidad que se amasa

Antes, los paisanos llegaban a la panadería a buscar la bolsa para la semana y, de paso, la correspondencia. La galleta era el vínculo, el tiempo compartido, la noticia que llegaba del campo. Hoy, esa misma esencia se respira en cada rincón de la celebración.

Es un pan que viajó por el mundo, ganó en Europa, pero eligió quedarse acá, en el sur de la provincia, para recordarnos quiénes somos. En Saladillo, la tradición no se guarda en un museo ni se llena de polvo: se amasa todos los días y se comparte en la plaza.

Compartir