Por Leo Baldo
El mundo se apagó. Un apagón de bits. El dueño de la red bajó la palanca en Menlo Park y el silencio digital nos hundió a todos en un cañón de ansiedad. Sin insta, sin face, sin ese goteo constante de nada. Los tipos que laburaban en la nube cayeron como piedras al fondo del mar. Y ahí estaba yo: un medio cuerpo buscando una conexión que no fuera un cable.
Recordé a mi vieja, el sonido de la tele llenando el vacío mientras ella trajinaba la casa, una extensión de su propia piel. Recordé la radio de onda corta trayendo voces desde Rusia hasta el medio del campo, perforando el espacio-tiempo como un taladro de aire. McLuhan tenía razón: el medio nos estaba devorando el mensaje.
Encendí un cigarro. Industria de la muerte. Artificio de ficción que te envuelve en una publicidad de humo. Fumar es como entrar al mar: cuando terminás, querés otro; cuando salís del agua, querés volver a olear los brazos. Maldita expulsión de lo cotidiano. Pero el mar es vida de siglos y el pucho es solo ceniza.
Metí primera y subí. Subí geográficamente con mi aliada al lado, dejando atrás San Blas y a esos locos, esos seres peces que se tiran al agua gélida con el alma en la mano. Dejé atrás a los valientes. Atravesé Buratovich con los rollos de pasto cruzando el asfalto como fantasmas de paja. El desierto costero me mordía los talones.
Subir por la 76. Ventania quedó atrás, un bulto de piedra en el espejo retrovisor. Las lagunas de Alsina aparecieron como un sedante, calmando el éxtasis del viento. El verde de los trigos empezó a filtrarse por los poros. Ya no necesitaba el minuto a minuto de la felicidad programada. El mar estaba lejos, sí, pero la palabra ahora funcionaba como una ola mecánica que viajaba desde el centro de la provincia hasta romper en el Atlántico.
Me detuve. Respiré. Un carancho arriba, un pejerrey abajo. El paisaje me estaba nadando a mí. Me entregué como una ostra clavada en la arena, una ofrenda bivalva que solo se abre a martillazos de marea.
Al final, estamos en el flujo. Siempre. Pronto. Ya.
