Guillermo Bidondo, el hombre que maneja el pulso de la radio más escuchada del país, vuelve a las fuentes. Del boliche Miau a La 100. Una crónica sobre el oficio de ser el artista invisible detrás del vidrio y la nostalgia de un 25 de Mayo que ya no existe.
Por Leo Baldo
Adulto y niño. Artista del silencio. Guillermo Bidondo es el hombre que habita el otro lado del vidrio, ahí, en la pecera, donde el sonido se vuelve cuerpo. Se gestó al ritmo de la FM PZ de los Grande y de Miau. Mientras otros pibes de 25 buscaban el centro de la escena, Guille ya operaba la consola. Apasionado, generoso. Un pez en el acuario de la radiofonía nacional que nunca olvidó el barro de su origen.
Los que tuvimos el gusto de trabajar con él lo sabemos: el operador es el artista invisible. Bidondo se recibió en el ISER de La Plata para confirmar lo que ya era desde niño: un artesano de las perillas. Pasó por la Rock & Pop, surcó varios diales y hoy es el pulso necesario en el Club del Moro, en La 100. Pero su espalda se forjó en otro lado. Se forjó bajo el techo corredizo de Miau Disco.
Guille recuerda y la voz se le vuelve crónica. Miau no era solo un boliche; era una excentricidad de 700 metros cuadrados en un pueblo de 20 mil almas. Tenía pista giratoria y un cielo que se abría por comando. “Yo manejaba las luces, tiraba humo y abría el techo”, dice, como quien describe una maniobra de Ulises en un mar de neón. La mística del boliche de Michingo Boccalatte era su laboratorio. Ahí aprendió que para que la gente baile, alguien tiene que mover el mundo desde abajo, con la paciencia del que sabe que el ritmo es una construcción colectiva.

A veces la memoria es un trapo de piso. Bidondo cuenta, entre risas y nostalgia, el día que encontró a su vieja limpiando vidrios con la remera que él usaba para laburar en la noche de 25. “Casi me muero”, confiesa. Es la síntesis de la finitud: la épica de la juventud convertida en algodón para sacar manchas. Sin embargo, en el aire de la radio más escuchada del país, esa mística sobrevive.
Guille vuelve seguido a 25. Camina el pueblo con la humildad del que ya cruzó su propio canal. Habla el generoso que no se olvida. El pibe que todavía escucha, en el silencio de la alta tecnología porteña, el roce de la pista giratoria y el crujido del techo de Miau cuando se abría para dejar pasar el frío de la llanura. El operador sigue ahí, del otro lado del vidrio, mezclando el ayer con el hoy.

