De las giras con las grandes luces de la TV argentina al silencio de la ruta bonaerense. Javier Bustamante, el locutor oficial del municipio que mide la vida en kilómetros y rimas, confiesa por qué, aún, cuando recorre el país y el exterior eligió la potencia de 25 de Mayo para estacionar el corazón. Una charla sobre la soledad de los hoteles, la mística de la gestión de Ramiro Egüen y el extraño fenómeno de sentirse local en tierra ajena.
(Por Leo Baldo) Hay hombres que nacieron con el motor encendido y la garganta cargada de historias. Javier Bustamante es uno de esos: un nómada del micrófono, un tipo que mide la existencia en litros de nafta y palabras que rebotan contra el viento de la llanura. De Saladillo al mapa entero, pero hoy, con la mirada clavada en el horizonte de 25 de Mayo, ese lugar que empezó a sentir como propio entre el humo de las madrugadas y el rugido del escenario en donde él se sitúa como animador, como locutor.
La historia arranca a los 13, pibe todavía, lavando copas en la penumbra de un boliche para terminar manoteando el aire y la conducción el segundo fin de semana. De ahí, el vértigo puro: el viaje eterno de norte a sur, de este a oeste. Paraguay lo recibió como a un hijo y ahora Perú aparece en el mapa de su gira. Ha compartido y comparte el fuego del escenario con Santiago del Moro, Zaira Nara, Julieta Prandi y Jorge Formento. Laburó con la Tota Santillán. Pero Javier no te cuenta las luces de la capital; te cuenta la verdad del camino.
La mística del cuarto vacío
“Conozco más hoteles que mi propia habitación”, dispara Javier, y ahí está la poesía seca del que nunca se detiene. Mientras el resto prepara el asado o el brindis de fin de semana, él ya está tirado en la ruta a las 7 de la tarde. Es la soledad del domingo: encender a 20.000 almas bajo el neón de un escenario, sentir el calor de la multitud y, una hora después, encontrarse a solas con el techo blanco de un cuarto de hotel en una ciudad que no tiene nombre. Esa es la vida. Ese es el oficio.
Egüen y el despertar de la potencia
Javier tiene la retina curtida de ver pueblos dormidos, por eso no come vidrio sobre 25. “El veinticinqueño convive con el cambio y quizás no lo nota, pero el que viene de afuera siente el choque: luces, limpieza, una ciudad que se puso de pie”, dice.
Sobre Ramiro Egüen, ve a un tipo con principios, una fuerza joven que no se achica ante la falta de ayuda provincial. Sabe que en toda la provincia le preguntan por el intendente de 25, esa gestión que avanza a puro pulmón, bancada por el vecino y la honestidad de quien ama su tierra. “A Ramiro lo respetan porque no se queda quieto; lo conocí en campaña y hoy es un amigo que valora el laburo”, afirma con el pulso de quien conoce la calle.
El abrazo de la vereda
Agradece al equipo de prensa que lo cuida, pero lo que le vuela la cabeza es el vecino. En 25 ya no es el locutor de afuera; es el “Javi”. El playero que le carga el tanque, el del café que ya sabe su nombre sin que él diga nada, ese amor que lo adoptó sin pedirle documentos.
“Soy visitante en todos lados, pero acá me siento local”, confiesa. Su derrotero estos días: lo esperan en Saladillo, después Azul, Olavarría, Las Flores y Rauch. Pero el lunes, Javier vuelve a Norberto de la Riestra. Porque la ruta es larga y el frío de la madrugada pega fuerte, pero el viaje siempre tiene sentido cuando llegás a un lugar donde te llaman por tu nombre.
Foto: Ariel Torres.
