(Por Leo Baldo) La tensión entre Victoria Villarruel y Karina Milei ya dejó de ser un rumor de pasillos. Lo que ocurrió en el Senado —la disputa por un palco, el fastidio, la descoordinación, el destrato— solo puso en escena algo más profundo: una ruptura personal y política en el corazón del oficialismo.
Y no, no es una pelea menor. Es un choque entre dos maneras irreconciliables de concebir el poder dentro del mismo ecosistema libertario.
Karina Milei y la praxis pura: el mando sin intermediarios
Karina —“El Jefe”— no representa la institucionalidad ni pretende hacerlo. Su poder es directo, vertical, desintermediado, casi corporativo. Opera sin los rituales de la política tradicional, sin los protocolos que rigen los poderes del Estado y sin la necesidad de justificar sus decisiones.
Es la encarnación de la praxis mileísta:
- poder ejercido en primera persona,
- lealtades directas,
- decisiones sin trámite,
- informalidad como método.
Desde esa lógica, pedir un palco “como corresponde” suena a pérdida de tiempo. El mileísmo, en su núcleo duro, no declama República: declama ruptura, anti-forma, anticasta.
Villarruel, en cambio, apuesta a la institucionalidad
Villarruel no defiende la República porque Milei la proclame. La defiende porque esa es su concepción del Estado. Ella opera dentro del reglamento, de la tradición parlamentaria, del equilibrio de poderes y del orden institucional. Su autoridad nace de ese marco formal.
Por eso el episodio fue tan elocuente:
Karina actúa desde el poder real.
Villarruel, desde el poder institucional.
El choque era cuestión de tiempo.
Maquiavelo en su versión 2025
En política real gana quien actúa, no quien enuncia. Y en el mileísmo, la que actúa —la que decide, arbitra y define prioridades— es Karina Milei. Lo que el episodio reveló es que la arquitectura del poder libertario no se sostiene en la normativa, sino en la voluntad del círculo íntimo del Presidente.
La política maquiavélica de la praxis —acción, control, verticalidad— es la que predomina.
La política de los reglamentos queda relegada.
Y ese es el verdadero problema para Villarruel.
La praxis le gana a la forma… hasta que no puede
En política, casi siempre la praxis le gana a la forma.
El que actúa impone agenda.
El que controla los movimientos reales acumula poder.
La forma sin praxis es decorado.
La praxis sin forma es poder crudo.
Pero la historia también enseña que la forma —institucional, legal, simbólica— termina imponiéndose cuando la praxis se desgasta, cuando la acción sin reglas se vuelve inviabilidad o cuando el sistema institucional reacciona.
En el corto plazo, manda la acción.
En el largo plazo, manda la estructura.
La praxis abre camino.
La forma cierra el recorrido.
Hoy Karina tiene la praxis.
Villarruel intenta sostener la forma.
La tensión entre ambas no es un accidente: es el modo real en que gobierna el mileísmo.
Una fractura que puede escalar
La relación entre ambas ya está rota. El Senado, lejos de ser una extensión dócil del Ejecutivo, se está convirtiendo en un escenario donde la disputa puede amplificarse.
La pregunta ahora no es quién tenía razón por un palco. La pregunta es más inquietante:
¿Puede sobrevivir un gobierno cuya línea de mando formal y su línea de poder real están en conflicto permanente?
Lo que pasó en el Senado fue una escena mínima con un significado enorme:
Karina Milei maneja la praxis.
Villarruel intenta sostener la forma.
El mileísmo gobierna desde la tensión entre esas dos fuerzas.
Y, por ahora, la praxis está ganando.
