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La ‘motosierra’ de Milei llegó envuelta en papel celofán. En las góndolas de nuestro distrito, un huevo de pascua mediano ya cuesta lo mismo que un día de comida, con carbohidratos, para una familia tipo. La tradición se volvió un privilegio de pocos, mientras el consumo en los comercios de 25 de Mayo cae en picada por precios que parecen una burla al salario del trabajador.

Por Leo Baldo

El calendario marca Semana Santa, pero en las veredas de 25 de Mayo el aire pesa más que el bloqueo atmosférico. Hay una humedad que se pega a la ropa y una incertidumbre que se pega al alma. En las góndolas de los supermercados locales, los huevos de Pascua brillan con sus papeles metalizados, pero para miles de jubilados del distrito, esos envoltorios son hoy muros infranqueables.

Este año, el “ajuste” de Javier Milei no golpeó a la casta; golpeó el ritual más sagrado de nuestros viejos: el derecho a ver la cara de alegría de un nieto cuando rompe el chocolate.

La jubilación vs. El papel celofán

Hagamos la cuenta que se hace hoy en cualquier cocina de la Calle 9 o de las localidades del interior del partido. Una jubilación mínima, esa que el Gobierno nacional licúa mes a mes con una frialdad técnica que asusta, tiene que estirarse como un chicle para llegar al día 30.

Hoy, un huevo de pascua de marca líder, de esos que traen un juguete adentro, ronda los $30.000. Si ese abuelo tiene tres nietos, estamos hablando de $90.000 Es elegir entre el asado del domingo o el regalo de los chicos. Es elegir entre la pastilla para la presión que el PAMI ya no cubre al 100% o la tradición de la familia.

El “asaltante” de la góndola

Caminar por el centro de nuestra ciudad hoy es ver a los abuelos parados frente a los estantes, mirando el precio, negando con la cabeza y siguiendo de largo. Hay una dignidad herida en ese gesto. No es que no quieran, es que el modelo de la “motosierra” les cortó las manos.

“Antes compraba uno para cada uno, ahora vamos a comprar uno grande para que repartan, si es que llegamos”, nos decía una vecina en la cola de la caja, con la mirada puesta en un huevo artesanal que, aunque más barato, sigue siendo un lujo de exportación para un bolsillo pesificado y castigado.

El cinismo del superávit

Mientras desde los despachos de la Capital Federal se festeja el equilibrio fiscal y se anuncian despidos como si fueran medallas, en 25 de Mayo el superávit se paga con soledad y privaciones. El jubilado que trabajó 40 años en el campo, en el comercio o en la municipalidad, hoy es el principal financista de este ajuste.

¿Cómo se le explica a un nene de cinco años que “no hay plata” porque hay que bajar la inflación? ¿Cómo se digiere el cinismo de un gobierno que le pide paciencia a los que ya no tienen tiempo?

La resistencia artesanal

La única luz en este túnel de precios locos es la solidaridad del pueblo. Muchas emprendedoras locales, conscientes de la malaria, están armando opciones más chicas, “bolsitas de conejo” a precios populares para que ningún chico de barrio se quede sin nada. Pero eso es voluntad de la gente, no política de Estado. El Estado nacional, el de Milei, decidió que la alegría de los abuelos con sus nietos es un gasto que se puede recortar.

Final de jornada

Este domingo, cuando las campanas de la parroquia suenen, habrá muchas mesas en 25 de Mayo con más sillas vacías de comida y más silencios que otros años. El bloqueo atmosférico se irá con el viento sur, pero el bloqueo económico de este modelo va a dejar una marca difícil de borrar en la memoria de nuestros viejos.

Porque el ajuste, cuando muerde el plato de un abuelo, deja de ser economía para convertirse en una crueldad que no tiene perdón, ni en Pascuas ni nunca.

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