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Mientras la política se enreda en sus propias internas y el Congreso levanta murallas de excepciones con el nuevo régimen tecnológico, los grandes fondos internacionales eligen mirar el partido desde afuera

Hay una distancia enorme entre el ruido de los despachos oficiales y el silencio de las pantallas donde se decide el destino del capital global. Mientras la agenda pública queda atrapada en el barro de las discusiones diarias y las disputas de cartel, la realidad económica asesta golpes invisibles pero certeros en el espinazo del mediano plazo. El dato pasó casi desapercibido, pero la decisión de Morgan Stanley Capital International de mantener a la Argentina afuera de las categorías que habilitan el ingreso de los grandes flujos globales de inversión cayó como un balde de agua helada en el tablero de las expectativas.

La advertencia, desmenuzada por el analista Sergio Berensztein, enciende alarmas que ningún blindaje legislativo puede apagar por sí solo. El diagnóstico es seco y directo al hueso: el país continúa sin reunir las condiciones mínimas que exigen los inversores institucionales para colocar capitales de largo plazo. No es una cuestión de mala suerte; es el resultado concreto de reglas de juego que no terminan de normalizarse, con la persistencia del cepo cambiario operando como el principal alambrado que espanta a los fondos internacionales, reacios a entrar a un territorio donde no existe la certeza de poder retirar los recursos.

Esa desconfianza estructural es la que arrastra a la Argentina a una categoría marginal conocida en la jerga financiera como “stand alone”. Ni siquiera alcanza el estatus de mercado de frontera, una clasificación para economías complejas que, al menos, ofrecen un piso de garantías institucionales. Estar fuera de los grandes circuitos financieros internacionales implica que, incluso en un escenario de mejoras futuras, los administradores de fondos admiten que esperarían uno o dos años adicionales antes de arriesgar un billete, por el temor crónico a que las reglas vuelvan a cambiar a la vuelta de la esquina.

Es ese mismo recelo histórico el que empuja al gobierno a diseñar herramientas de excepción como el flamante Súper RIGI. Ante la imposibilidad de ofrecer un terreno llano y previsible para todo el entramado productivo, el Estado intenta construir islas de competitividad, oasis con beneficios fiscales y cambiarios a medida para la energía, la minería o la tecnología de frontera. El problema colateral es que este esquema termina consolidando una economía fragmentada: sectores privilegiados que logran desarrollarse bajo normativas especiales mientras el resto del tejido industrial sigue lidiando con una estructura regulatoria pesada y poco atractiva.

El escenario actual demuestra que el riesgo argentino excede la coyuntura electoral o la fortaleza de la oposición. Los mercados auscultan el funcionamiento real de los poderes del Estado, la calidad de las instituciones y el respeto por la previsibilidad del sistema. Tras más de dos años y medio de gestión, los resultados también exigen asumir las responsabilidades propias del tablero actual: las dificultades para acumular reservas y las tensiones políticas internas son anotadas con precisión quirúrgica por quienes miran desde afuera. Las oportunidades y los recursos naturales extraordinarios están ahí, pero la desconfianza sigue ganando la partida mientras los grandes capitales eligen esperar señales que todavía no terminan de llegar.

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