Los dueños de la nube y la pereza de la política

Mientras los algoritmos de Silicon Valley avanzan sobre el empleo, la verdad y los lazos sociales, la política tradicional se muestra incapaz de reaccionar. Un cruce entre la filosofía, la era digital y la necesidad de recuperar las viejas banderas comunitarias frente a los nuevos monopolios del poder

Por Leo Baldo

El avance de la Inteligencia Artificial dejó de ser una charla de café para tecnólogos y se convirtió en el desafío político más urgente de nuestro tiempo. Mientras los algoritmos moldean qué pensamos, precarizan el empleo y concentran la riqueza en un puñado de corporaciones globales, la política tradicional mira la película desde afuera, aburrida o asustada, pero siempre sin categorías para reaccionar.

En un artículo reciente, el filósofo Dante Augusto Palma pateó el tablero de la modorra intelectual al proponer una hipótesis incómoda: las herramientas teóricas para ponerle un freno al poder absoluto de Silicon Valley no están en la tecnocracia moderna, sino en la vieja Doctrina Social de la Iglesia, esa misma matriz que funcionó como base conceptual del peronismo.

A través de una encíclica de ficción atribuida a un hipotético papa “León XIV”, Palma desmonta la supuesta neutralidad de la tecnología. La IA no es una herramienta inocente; arrastra la moral, los sesgos y los intereses de las empresas que la financian. Y es ahí donde el análisis sacude las estanterías de todas las culturas políticas que hoy habitan la oposición.

Para el progresismo, el texto introduce una cuña molesta a través del principio de subsidiariedad. Acostumbrado a responder de forma automática con la receta del “Estado presente” ante cualquier problema, el progresismo no parece registrar que hoy el “nivel superior” que asfixia y vigila a la ciudadanía ya no es solo el aparato estatal, sino los monopolios tecnológicos transnacionales. La solidaridad en el siglo XXI exige enfocar la resistencia hacia esas estructuras privadas: auditar algoritmos, visibilizar la explotación de los miles de trabajadores precarizados del tercer mundo que entrenan a las IA por sueldos miserables y defender el trabajo como un eje de identidad humana que no se reemplaza simplemente con un subsidio o un ingreso universal.

Dante Augusto Palma

La socialdemocracia también encuentra su espejo incómodo. Si bien el texto rescata el vínculo inquebrantable entre democracia y verdad —citando a Hannah Arendt para recordar que el desinterés por los hechos conduce inexorablemente al totalitarismo—, el desafío para el reformismo institucional es pasar de la queja formal a la regulación dura. Si se pretende sostener que las patentes, los datos y los algoritmos tienen una función social, hay que estar dispuestos a confrontar la lógica corporativa de firmas globales que operan muy por encima de los estados-nación.

Incluso el vecinalismo, enfocado por definición en la gestión de cercanía y el pragmatismo local, queda interpelado. La desintermediación digital golpea de lleno en su línea de fortalecimiento comunitario. Al disolver los lazos tradicionales a través de redes diseñadas para la polarización y el aislamiento, la IA destruye el tejido social en el que la política de cercanía se sustenta. La reconstrucción de la soberanía sobre el territorio y los lazos humanos reales vuelve a ser la única trinchera donde el prójimo es de carne y hueso, y donde la tecnología puede ser reapropiada para mejorar la vida pública en lugar de atomizarla.

Palma expone una grieta transversal: no la de los convencidos ideológicamente, sino una separación entre la gente a la que todavía le importan los hechos y la realidad material, y aquella que ya vive conforme en la ficción del algoritmo.

Hacia el final, el análisis aterriza en el barro local, marcado por la efectividad del discurso libertario de Javier Milei. Palma cuestiona que la respuesta de las oposiciones sea la resignación, el silencio o el esconderse con vergüenza de sus propias tradiciones doctrinarias. Frente a la liquidez posmoderna y el avance de un capitalismo tecnológico deshumanizante, los viejos principios de solidaridad, bien común y organización comunitaria conservan una potencia absoluta. No porque el pasado vaya a repetirse, sino porque siguen siendo las categorías más humanas y eficaces para defender a la sociedad frente a los nuevos dueños del mundo.

Compartir