Tras navegar las aguas más altas del fútbol internacional, Valentín Barco volvió al puerto de su infancia. En una jornada marcada por la humedad, el calor de la gente y la emoción de un abrazo esperado durante siete años, el pibe de la canchita de tierra saludó a su pueblo desde el balcón del Palacio Municipal
Por Leo Baldo
El cielo sobre La Mulita pesaba encapotado, bajo una atmósfera densa y cargada de humedad que cortaba el aire. Pero a nadie le importaba el clima pegajoso. Cientos de pibes con la 10 en la espalda, familias enteras con el termo bajo el brazo y figuritas y cartones y papeles y dibujos, con mensajes hacía Valentín, esperaban la llegada. El intendente Ramiro Egüen estaba ahí, mezclado en la vigilia junto a su equipo, aguardando al pibe que un día zarpó de las canchitas de tierra y volvió tras navegar las aguas más altas del fútbol mundial.
Cuando la camioneta de Defensa Civil asomó por el acceso, la marea popular copó las calles. Valentín Barco viajaba en la caja, sintiendo el aire pesado del pago en la cara mientras un enjambre de motos y autos lo escoltaba a pura bocina por los barrios sobre calle 36 y calle 9. Un reingreso al puerto de la infancia, a escala de procesión.
Ya, en el Salón Blanco del Palacio Municipal no entraba un alfiler. El calor del recinto y la expectativa colmaban el ambiente. Entre discursos e instrumentos formales, Egüen le entregó el decreto que formaliza lo que la calle ya sabía: Valentín es Personalidad Destacada. Hubo también una caricatura de Luciano Bontempo y aplausos de rigor, pero el protocolo se hizo pedazos cuando propiciaron el encuentro con una mujer de Mosconi. Siete años llevaba Valentín sin ver a su abuela. Se encontraron en el medio del recinto y el tiempo se detuvo en un abrazo apretado que quebró la solemnidad del acto.

Desde el micrófono, el Intendente le habló de frente: “queremos agradecerte, Colo, por haber venido a tu pueblo natal junto a tu familia, que te acompaña a todos lados y es tu principal hinchada. Acá tenías todo un pueblo esperándote. Por eso estamos verdaderamente orgullosos de que seas veinticinqueño, de que seas una personalidad destacada de nuestro distrito y que hayas venido hasta acá con tanta humildad. Por eso te invito, como transitorios administradores de esta casa, a que salgas al balcón y puedas saludar a todo tu pueblo”.

Valentín, con la misma soltura con la que gambetea en la línea de cal, agarró el micrófono y miró a los pibes que lo escuchaban atentamente: “es una alegría muy grande y un orgullo gigante porque yo nací acá, hice toda mi escuela primaria y jugué al fútbol acá. Que ahora me reciba todo el pueblo así es increíble. Somos una familia muy humilde y siempre la peleamos a muerte; la Selección es lo máximo para un futbolista y jugar un Mundial, más aún. A los chicos les digo que luchen y se esfuercen por sus sueños: vengo de una familia con muy pocos recursos y todo lo estoy logrando a tan corta edad. Que nada les parezca imposible”.

Después vino el balcón del palacio comunal. La Plaza Mitre colmada abajo, los cantos retumbando en la noche veinticinqueña y un pibe que supo navegar contra la corriente saludando al pueblo que lo vio nacer. La jerarquía del acto oficial disuelta en el afecto puro de la calle.

