Con la autoridad de quien timoneó la crisis de 2002, Eduardo Duhalde interpela desde sus redes a un movimiento desorientado por las internas. Un análisis sobre la vigencia de la Tercera Posición como «otra salida» frente a la grieta y la urgencia de volver a las bases productivas
(Por Leo Baldo) A través de sus canales oficiales, el expresidente Eduardo Duhalde viene consolidando un espacio de reflexión que va mucho más allá de la nostalgia histórica o la mera presentación de sus libros. En medio de un escenario político fragmentado, sus redes sociales se han transformado en una bitácora de doctrina viva y, fundamentalmente, en un urgente llamado de atención para un peronismo que parece haber perdido su brújula fundacional.
Con la autoridad que le otorgan los hechos —haber timoneado la Provincia de Buenos Aires durante los años noventa y haber asumido la Presidencia de la Nación en el momento más dramático de la historia reciente de nuestro país—, Duhalde no habla desde el resentimiento, sino desde la urgencia. Su mensaje actual de unidad y pacificación resuena con especial fuerza en un movimiento que hoy se debate entre internas estériles y la falta de un proyecto de conducción claro.
Reivindicar la Tercera Posición
El extravío del justicialismo actual radica en haber olvidado su propia esencia geopolítica y filosófica. El mensaje del exgobernador nos devuelve inevitablemente a las bases de la Tercera Posición diseñada originalmente por Juan Domingo Perón: una alternativa superadora que rechazaba la sumisión a los dogmas ideológicos dominantes para priorizar estrictamente el interés nacional y la justicia social.
Duhalde encarna esa búsqueda histórica de “otra salida”. Cuando le tocó asumir en el caótico escenario de 2002, no optó por recetas importadas ni por la profundización de los abismos partidarios, sino por un esquema de concertación productiva y pacificación social que rescataba el espíritu de la doctrina tradicional. Su presente no es muy distinto a aquel pasado de crisis: su insistencia en tender puentes busca desesperadamente reorientar al movimiento hacia esa vía de autonomía y equilibrio que hoy brilla por su ausencia.
Tejiendo lazos más allá de la grieta
Una muestra clara de su vocación de diálogo y de su peso específico en la política nacional fue su reciente viaje institucional a Santa Fe. El propio expresidente lo reflejó en sus plataformas:
“Quiero agradecer al Gobernador Maximiliano Pullaro @maxipullaro por recibirme está mañana en la Casa de Gobierno de Santa Fe. Conversamos sobre la actualidad argentina, de la provincia de Santa Fe y sobre el Movimiento Productivo Argentino.”
Este encuentro con un mandatario de signo político diferente no es un hecho menor. Mientras gran parte de la dirigencia peronista permanece replegada sobre sí misma y atrapada en lógicas de confrontación virtual, la experiencia de Duhalde le permite saltar las vallas partidarias para discutir el núcleo de la agenda nacional: el federalismo y el desarrollo de las economías regionales.
Volver a las bases: Producción y Trabajo
Mientras el debate público actual se sumerge en discusiones de trinchera digital, la plataforma de Duhalde insiste en las verdades que alguna vez estructuraron al movimiento: el rol central de las PyMEs, la defensa del aparato productivo y la dignificación a través del empleo. “Sin producción, la Argentina no sale”, repite como un mantra. Es un recordatorio directo para la dirigencia actual: el peronismo es la alianza del capital y el trabajo, no la administración de la escasez.
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La reedición de sus obras y sus recorridas por universidades del conurbano bonaerense —su histórico bastión— no son solo actos culturales; son clases magistrales de realismo político. Su insistencia en conceptos como el “Poder Moral” y la erradicación de la corrupción estructural interpelan de forma directa a una militancia desgastada por la pérdida de ejemplaridad pública.
Frente a un peronismo que hoy se percibe disperso y falto de reflejos ante las demandas de la sociedad moderna, la figura de Duhalde emerge como un faro de consulta indispensable. No reclama un sillón; reclama cordura, concertación y el fin de la “pelea permanente”. El mensaje es claro para quien quiera escucharlo: para volver a representar a las mayorías, el peronismo primero debe reencontrarse con su capacidad de gestionar, producir y pacificar. La experiencia está sobre la mesa; la decisión de escucharla depende de la nueva generación de dirigentes.
