Leo Baldo salud mental 25 de mayo bs as

En una era donde el anonimato digital se convierte en un arma de hostigamiento y el morbo cotiza al alza en el mercado de clics, la salud mental de nuestra comunidad queda a la intemperie. Una invitación a desenchufar la máquina de la desinformación para recuperar la palabra como un lugar de cuidado e identidad frente al avance de la anestesia social en 25 de Mayo.

Por Leo Baldo

Caminamos nuestro pueblo, sus calles y, el aire pesa como un mazo de cemento. No es el viento limpio que llega del campo; es el ruido metálico de los bolsillos, el tintineo de un resplandor azulado que escupe tragedias antes de que el cuerpo se enfríe. Estamos atrapados en una danza de clics frenéticos que devora el luto y lo escupe en forma de odio. Nos hemos convertido en lo que Guy Debord denunció con una lucidez quirúrgica: una sociedad del espectáculo donde todo lo que antes se vivía directamente ahora se ha convertido en una mera representación. En 25 de Mayo, el dolor del vecino ya no es un motivo de silencio y respeto, sino el combustible para que la máquina de escupir sombras siga girando.

En este marco, Debord nos advirtió que el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes. Hoy, esa relación es un enjambre digital que pica y desaparece en la oscuridad del anonimato. La tragedia de nuestros pibes se ha vuelto una mercancía informativa, un decorado para que perfiles sin nombre ni rostro se sientan vivos destilando veneno. Como sostiene Joan Ferrés, esta comunicación ha dejado de apelar a nuestra inteligencia emocional para manipular nuestras pulsiones más bajas, buscándonos en el sótano del morbo.

En tanto, dada mi profesión de periodista y docente, me niego a aceptar esta anestesia social.

El neurocientífico Michel Desmurget describe una emergencia silenciosa: el bombardeo de contenidos sin filtro está quemando la capacidad de empatía de los más jóvenes. No son solo bits; es la salud mental de nuestra aldea la que se escurre por las grietas de una pantalla. Si, como planteaba Zygmunt Bauman, habitamos una modernidad líquida donde los vínculos son frágiles, nuestra única balsa es la palabra situada, la que tiene cuerpo, la que se atreve a poner la cara en el territorio. Y Bauman ya quedó viejo.

El periodismo, si no es un compromiso ético con la vida como pregonaba Javier Darío Restrepo, termina siendo el cómplice necesario de esta deshumanización. Y lo viene siendo desde hace tiempo. No podemos permitir que el “ruido” de páginas de origen incierto reemplace al respeto por el misterio del final. Poner la cara es hoy un acto de rebeldía contra el simulacro de Debord. Es elegir la realidad del abrazo y el silencio frente a la representación obscena de la desgracia.

Propongo que 25 de Mayo sea el refugio. Que el pibe que hoy está solo frente al resplandor de su celular sepa que su privacidad es sagrada y que existe un mundo más allá del algoritmo de la indignación. Necesitamos un pacto de cuidado que involucre a la política, a las escuelas y a cada familia en su mesa. Debemos apagar la máquina, secarnos el barro de los ojos y entender que cuando viralizamos el dolor, estamos matando un poco de nuestra propia humanidad.

Es hora de volver a la orilla. De dejar de ser espectadores de la miseria ajena para volver a ser vecinos. Hagamos que la palabra, por fin, vuelva a sanar.

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