No es solo el sol, es un saqueo programado. Ayer debíamos estar en el agua, pero el Saladillo volvió a bajar y la Travesía Agua Pampa quedó silenciada por el barro. En esta nota, Leo Baldo denuncia cómo la ingeniería de expulsión y los canales clandestinos están transformando nuestra esponja vital en un desierto. Con el respaldo de estudios de la UBA y el Museo de La Plata, revelamos el efecto ‘sifón’ que le roba el agua a nuestras napas para tirarla al mar. Una interpelación directa a los políticos que celebran obras de desagüe mientras 25 de Mayo se queda sin reservas. El agua se habita, no solo se mira, y hoy nuestros ríos, lagunas y arroyos, son una cicatriz que exige respuestas.
(Por Leo Baldo) – Escribo estas líneas con un sentimiento que mezcla la impotencia con el enojo. Ayer deberíamos haber hecho la travesía. El Arroyo Saladillo ha vuelto a bajar. Después de atravesar una de las crisis hídricas más severas que recuerde nuestro distrito, asistimos a una paradoja dolorosa: nos llenamos de agua hace poco, pero esa agua ya no está.
La Pampa ya no es húmeda. Nuestro suelo ha dejado de ser esa esponja vital para convertirse en una superficie seca, incapaz de retener lo que nos da la vida. La Pampa es árida. Y esto no es solo obra del clima; tiene que ver directamente con el modo y la manera en que tratamos nuestros recursos hídricos, con lo que hicieron algunos productores, los pools de siembra y una ingeniería de expulsión que nos está vaciando.
La ciencia del despojo: El efecto “Sifón”
No es una percepción subjetiva; es una realidad técnica comprobada. Estudios del Laboratorio de Investigación de Sistemas Ecológicos y Ambientales (LISEA-Museo de La Plata) y el Centro de Estudios Transdisciplinarios del Agua (CETA-UBA) confirman que la Provincia de Buenos Aires persiste en un error histórico: priorizar obras de desagüe sobre las de retención.
Al ensanchar y profundizar canales para evacuar el agua lo antes posible, se rompe la identidad de nuestros ríos y se provoca un daño colateral invisible pero devastador: el vaciamiento de las napas. Cuando el cauce baja de forma artificial, el acuífero de agua dulce —nuestra reserva subterránea— empieza a “llorar” hacia el río seco para terminar perdiéndose en el mar. Es un sifón que nos deja sin reservas en superficie y sin presión en las canillas.
Seguridad y territorio
Como nadador de aguas abiertas, el tema seguridad es lo primero que evalúo: hoy el motor del semirrígido toca el fondo y, en caso de un accidente, es imposible cargar a una persona en un kayak. La seguridad no se negocia. Pero más allá de la logística, duele ver la lista de lagunas que hoy son solo lotes de soja. Duele ver las grietas en el Salado cuando hace apenas tres meses el agua corría con ímpetu.
La Travesía Agua Pampa simbolizaba ese reclamo por la permanencia del recurso. Somos comunidad en el agua: un equipo de kayakistas y nadadores poniendo el cuerpo porque el agua se habita, no solo se mira. Si la lluvia regresa, la haremos de manera privada. Porque defender el agua no es una cuestión de agendas oficiales, es un compromiso con el territorio que pisamos —y nadamos—.
Agua contenida para vivir: Interpelación al Poder
Este texto es un grito que se seca. Es una advertencia que se muere si no hay respuesta. Ya lo decía la teoría de Florentino Ameghino en 1884: necesitamos cubrir la llanura de represas, estanques y lagunas artificiales para regular las secas y las inundaciones. Sin embargo, la política actual —tanto la provincial como la gestión local de Eguen— sigue apostando a obras que, en definitiva, no dejan de ser simples vías de escape.
Interpelamos a quienes deciden:
- ¿Por qué se permite que los canales clandestinos sigan actuando como venas abiertas que desangran nuestros arroyos hacia los campos de unos pocos?
- ¿Cuándo van a entender que la “limpieza” de cauces sin diques de retención es, en realidad, un certificado de defunción para nuestras napas?
- ¿Quién se hace cargo del daño socioeconómico que produce la desecación de los tramos del río por un manejo hídrico que Ameghino ya denunciaba como erróneo hace 140 años?
Queremos lluvia, sí, pero sobre todo queremos agua contenida. Necesitamos una ingeniería que entienda que el agua es para vivir y producir, no un estorbo que debe ser evacuado hacia el mar a la mayor velocidad posible.
Mientras tanto, nos queda el barro y la memoria de la corriente. Seguiremos esperando que el cauce recupere su pulso para que nuestra brazada vuelva a ser el testimonio de un pueblo que se niega a ver cómo transforman su tierra en un desierto programado.
