Una técnica ancestral vuelve a cobrar sentido en el presente a través de la mirada de Laura Ganado. La fotocerámica aparece como un modo de fijar la memoria en la materia, de darle cuerpo al recuerdo y de pensar la imagen desde el tiempo, el afecto y la permanencia.

Una técnica ancestral vuelve a cobrar sentido en el presente a través de la mirada de Laura Ganado. La fotocerámica aparece como un modo de fijar la memoria en la materia, de darle cuerpo al recuerdo y de pensar la imagen desde el tiempo, el afecto y la permanencia.

¿Cuántas veces intentamos conservar un objeto que nos devuelva a alguien?
Hoy, la fotocerámica hace posible transformar la imagen de un ser querido —personas, amores, mascotas— en una pieza pensada para habitar el hogar. Un recuerdo que deja de ser frágil, que atraviesa el tiempo y se vuelve parte de la vida cotidiana. La memoria, esta vez, se fija en el fuego.

Desde hace siglos, la cerámica fue soporte de relatos, símbolos y huellas del paso humano. En la actualidad, esa tradición ancestral se reactualiza a través de la fotocerámica, una técnica que vuelve a cobrar fuerza en talleres contemporáneos y propone una nueva manera de pensar la imagen y el tiempo. Lejos de su asociación histórica con el ámbito funerario, emerge como un territorio de exploración artística donde la memoria se inscribe, literalmente, en la materia.

En ese cruce entre pasado y presente, la mirada de Laura Ganado —artista, investigadora y académica de la Facultad de Bellas Artes de la UNLP— resulta central para comprender la vigencia actual de la fotocerámica. Para Ganado, no se trata solo de una técnica, sino de una experiencia profundamente humana:
“Es una oportunidad para conectarnos con una técnica antigua, revivir lo tangible, lo palpable; aquello que existe en este plano y fue realizado por una persona real”.

Su trabajo y su práctica pedagógica recuperan el valor del hacer manual, del proceso lento, del error como parte constitutiva de la obra y de la experiencia sensorial que implica trabajar con luz, pigmentos y altas temperaturas. En cada pieza, la imagen deja de ser efímera para transformarse en un recuerdo perdurable, sometido al fuego y sellado para atravesar los años.

En diálogo con el pensamiento de Roland Barthes, Ganado señala que “el referente está ahí, en un tiempo que no le pertenece”. La fotocerámica logra fijar ese instante desplazado: un fragmento de tiempo que se vuelve superficie, atraviesa el horno y permanece. No como copia exacta del pasado, sino como presencia material en el presente.

La fotocerámica contemporánea combina saberes tradicionales con herramientas digitales. Las antiguas filminas —antes inalterables— hoy se editan, se superponen, se reconstruyen mediante programas informáticos. En ese proceso, el artista toma decisiones fundamentales: qué imagen sobrevive, cuál se desvanece, cuál muta. Allí, la fotografía deja de ser un mero registro para convertirse en una construcción sensible, una ficción material nacida del diálogo entre lo digital y lo artesanal.

El desplazamiento de esta técnica hacia el campo artístico fue posible gracias a la democratización tecnológica: hornos más accesibles, pigmentos cerámicos estables y sistemas de impresión que ampliaron las posibilidades creativas. Lo que antes estaba restringido a producciones industriales hoy se convierte en un lenguaje abierto a la investigación y la experimentación, especialmente en los espacios de formación que coordina Ganado.

En esos ámbitos, la fotocerámica se trabaja a partir de archivos personales, fotografías familiares e imágenes generadas digitalmente. Cada obra es irrepetible.
“La mano interrumpe el sistema; aunque la matriz sea la misma, ninguna imagen es igual a otra”, explica. Esa singularidad no es un error: es la esencia misma de una técnica milenaria que vuelve a demostrar que la memoria, cuando se somete al fuego, también puede volverse permanente.

Lejos de competir con la inmediatez de las tecnologías contemporáneas, la fotocerámica encuentra su valor en lo opuesto. “Se intenta, se borra, se experimenta durante horas en el laboratorio, sin esperar lo inmediato. Hay un goce en ese procedimiento”, señala Ganado. Esa temporalidad lenta, analógica y material se revela hoy, paradójicamente, como una de las formas más actuales de producción artística.

En un contexto de expansión infinita de imágenes digitales —reproducibles, inestables, fugaces— crece el deseo de recuperar la materialidad. La fotocerámica ofrece justamente lo que el entorno visual contemporáneo ya no garantiza: permanencia.
Una imagen vitrificada no se borra ni se degrada: se incorpora a un cuerpo cerámico que atraviesa generaciones. “La fotocerámica nos regala observar ese presente estático. La persona revive, en distintas instancias de su propia línea temporal, la apreciación de un presente detenido que alguna vez existió”, afirma.

El procedimiento no busca conservar un pasado intacto, sino abrir un espacio de contemplación. Un modo de pensar la imagen desde su espesor y su fragilidad. En un momento en que la cerámica explora múltiples hibridaciones tecnológicas, la fotocerámica recupera un gesto singular: permitir que la imagen vuelva a tener cuerpo. Y en ese cuerpo, persistir.

Desde una mirada psicológica, la fotocerámica responde a una necesidad profundamente humana: materializar el vínculo afectivo y hacerlo habitable. Al plasmar la imagen de una mascota o de un ser querido sobre cerámica, la memoria deja de ser solo recuerdo para transformarse en objeto, en presencia cotidiana. Estas piezas funcionan como anclajes emocionales, integrándose al hogar como parte del paisaje íntimo. Tener esos rostros fijados en una superficie duradera permite tramitar la ausencia, sostener el lazo y darle continuidad en el tiempo.

Así, la cerámica se convierte en un soporte simbólico donde el afecto se preserva, se cuida y se comparte. Porque recordar, también, es una forma de habitar.

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