Entrevista
(Por Leo Baldo) Mateo Chistaro tiene 17 años y una herencia que pesa y empuja al mismo tiempo. En su casa, el boxeo no es un deporte: es una lengua materna. Su mamá, Ana Repollo —pionera del boxeo en 25 de Mayo—, y su papá, Rolando “rolo” Chistaro, marcaron el camino mucho antes de que él se calzara los guantes. Mateo empezó a boxear casi sin darse cuenta, como se empieza a ser quien uno es.
“Yo era chico, me gustaba jugar a la pelota”, cuenta. Pero el fútbol no terminaba de cerrarle. A los 10 años, mientras sus viejos armaban su propio gimnasio y empezaban de cero, él también volvió a empezar. Desde entonces no paró: exhibiciones, entrenamiento, rutina. El ring como lugar de aprendizaje.
La voluntad que se forja y fortalece
Schopenhauer decía que “el hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere”. Mateo no eligió el boxeo como se elige algo pasajero: es que la voluntad en sí misma (el querer inicial) no es libre, sino que está determinada por motivos, deseos y necesidades internas que escapan a nuestro control directo, limita nuestra autodeterminación fundamenta Y desde ahí, la voluntad se volvió costumbre para Mateo.
Acción, reacción y entrenamiento
Su día arranca temprano. A las 6 o 6:30 ya está entrenando. Pesas, gimnasio, boxeo. De lunes a viernes hace 700 abdominales. Además, intercala bolsa, manopla, guanteo. Catorce rounds de bolsa. Diez de guanteo. Aire, piernas, cabeza. “Hay que estar bien mentalmente también”, dice, como quien entiende que el verdadero combate no siempre está enfrente.
Newton hablaba de leyes: a cada acción, una reacción. En el boxeo de Mateo esa ley es simple y brutal: cada día de entrenamiento tiene su consecuencia arriba del ring. Nada es azar.

Corre 10 kilómetros. Se cuida con las comidas, aunque el calor haga lo suyo y los kilos bajen solos. Hoy su entrenador es Carlitos Ortega, acompañado siempre por su familia, que también lo entrena y lo sostiene. “Somos una familia muy grande”, repite, y no suena a frase hecha.
Su 2026
El año arrancó fuerte: ganó el torneo Súper 4. Una manera inmejorable de empezar. Esa noche su entrenador no pudo estar, pero Javier Cepeda, desde Mar del Plata, le transmitió la misma confianza. Agradece también a Fernanda Quiroz, que viaja desde Capital para ayudar en el gimnasio. El boxeo, otra vez, como red y comunidad.
Mateo pelea casi siempre con rivales más grandes. Tiene 17; muchos de sus oponentes, 20 o más. De sus 26 peleas perdió cuatro o cinco. “Una sola bien perdida”, aclara. El resto, cosas del boxeo amateur: localías, tribunales, gente en contra. “Había que salir y demostrar de qué estamos hechos”, dice. Y lo hizo. Se trajo el cinturón para 25 de Mayo.

El derrotero y los símbolos
Ahí surge Bonavena, inevitable. Ringo decía que “nadie te regala nada arriba del ring”. Mateo parece haberlo entendido sin leerlo: cuando el rival se ríe, cuando mira de arriba, cuando juega a intimidar, él responde con silencio y golpes claros. Sin sobreactuar. Sin vender humo.
Su sueño es claro: ser profesional. “Tengo las condiciones”, afirma sin soberbia. Y agrega lo esencial: “Me mantengo firme entrenando para llegar a ese objetivo”. No habla de gloria, habla de proceso. De seguir. De meterle.
“25 siempre hay que dejarlo bien parado”, dice. Y ahí aparece Rocky, pero versión veinticinqueña: gimnasio chico, familia alrededor, amigos esperando para jugar un papi a las diez de la noche si quedan fuerzas. Nada de épica impostada. Todo real.
El año recién empieza. Falta mucho. Mateo lo sabe. Pero también sabe algo más importante: la voluntad ya está entrenada. Y cuando eso pasa, lo demás —títulos, luces, reconocimiento— llega o no llega. Pero el boxeador ya está hecho.
Y eso no se lo saca nadie.
