En su nueva columna, Leo Baldo desmantela el relato oficial frente a la crisis comercial en 25 de Mayo y varias ciudades más. De las oficinas de Eurnekian a la Casa Rosada, Milei se consolida como el hijo de una casta que usa el algoritmo para ignorar el cierre definitivo de negocios y la angustia de un país que ya no llega al día diez.
Por Leo Baldo
Transitás por la 9, en 25, vas hasta la calle 18, pasás por la 36 y varias más. El panorama de 25 de Mayo ya no es el mismo. Los vecinos dicen algo: “vendo poco, pero debo laburar más” Y, sin embargo, lo naturalizamos. Definitivamente. Los alquileres, se fueron al carajo. La macro, la macro. Nuestros cuerpos son empresas. No hay horarios. No somos Japón, somos Argentina y la cultura manda. ¿Qué diría Sarmiento? El liberal que creyó en el Estado a pesar de que quería ingleses y franceses.
Mientras tanto, en la Ciudad de Buenos Aires, el Presidente Javier Milei mira la macroeconomía como quien mira una pantalla de cine: fascinado por los números, pero totalmente ajeno a los protagonistas que se mueren en la película.
Digresión: debo decir que respeté al votante de Milei. En nuestro pueblo, en la última elección, ganó por el 66 por ciento.
Es que hay que decir la verdad, Milei no es un milagro de la libertad. Es el hijo de la casta corporativa de Eduardo Eurnekian, camuflado bajo una peluca y un discurso de rebeldía. Su genealogía no está en el barro, sino en las oficinas de Corporación América. Es el producto de un diseño; el “hijo del algoritmo” de Nick Land, que utiliza el conflicto en redes sociales para tapar el desguace de la economía real.
Lo que estamos viviendo es la etapa final de la desaparición del sujeto trabajador. Aquel laburante que se sentía parte de un destino nacional fue reemplazado por un individuo aislado, confundido y precarizado, que hoy mira su celular esperando un milagro mientras su comercio se funde.
Las contradicciones del León
El archivo es el peor enemigo del Presidente. Sus frases de ayer son las bofetadas que recibe hoy el vecino de 25 de Mayo que no llega a fin de mes.
Sobre la Casta: “La casta tiene miedo”, gritaba en campaña. Sin embargo, hoy su gabinete es un reciclado de lo que él mismo llamaba “lo peor de la política argentina”. Gobernando con las mismas caras que prometió enterrar, Milei demostró que la casta no tenía miedo; simplemente estaba esperando el turno para volver a servirse.
Sobre el Ajuste: “El ajuste esta vez lo va a pagar la política, no la gente”. Otra frase que se estrella contra el mostrador de cualquier local. El ajuste lo paga el jubilado que elige qué remedio dejar de tomar, el comerciante que baja el cuadro de la pared y el trabajador que se siente en una dimensión de incertidumbre permanente. La política, en cambio, sigue ahí, sorteando sueldos, pero manejando las cajas de un Estado que dicen querer destruir.
Sobre los Impuestos: “Antes de subir un impuesto me corto un brazo”. Todavía estamos esperando ver los brazos en el suelo, mientras el Impuesto a las Ganancias vuelve a morder el salario y el costo de vida se dispara bajo la presión de servicios que ya no se pueden pagar.
El país del “Excel” contra el país de la calle
Milei celebra el equilibrio fiscal en Davos o en Twitter. Celebra una macroeconomía de exportación extractivista: mucha minería, mucho petróleo, pero nada de gente adentro. Es una matriz productiva sin chimeneas y sin mostrador.
La “Nación”, para este modelo, es un contrato frío de seguros internacionales. No es el sentimiento de pertenencia a una comunidad. El amor a la patria no se demuestra con una bandera en un perfil de redes; se demuestra garantizando que el tipo que abre su negocio a las ocho de la mañana pueda, al menos, dormir tranquilo porque sabe que mañana podrá abrir de nuevo.
En gran parte del país, y especialmente en nuestro interior bonaerense, se respira incertidumbre. El trabajador se difuminó y el algoritmo ganó la primera batalla. Pero el silencio de algunos locales vacíos en la 9 y la 18, y varias calles más, es un grito que tarde o temprano va a traspasar la pantalla del celular presidencial. Porque ninguna macroeconomía es sana si el pueblo que la sostiene está con la casi vacía.
