Crónica/ Por Carolina Fernández Fraschetti
En el perchero de pie del comedor cuelga un sobretodo negro, punk, de los años 80 y un salvavidas torpedo naranja, como los que usan en Baywatch. Una pata de rana adorna la pared.
Llovizna, hace frío, la ventana está abierta, atrás de la reja se ven los plátanos de la vereda, no tienen hojas, hay viento.
Sobre una mesa chica en una esquina del ambiente, hay un altar politeísta que no para de crecer, el último en llegar fue el Cura Brochero, nadie sabe que reza parado en frente, cada mañana, es un secreto. Cerca un aparador de madera, tiene algunos libros releídos, parecen subrayados o con las puntas dobladas, botellas casi vacías, vasos de distintos tamaños. En la mesa con patas de caño negro, la computadora está enchufada, la pava apoyada en un repasador, un mate de madera y un cenicero, también de madera. Tres sillas. Un cuadro alargado, abstracto con machas oscuras. Un sillón de un cuerpo vacío, sin Milo, su perro compañero por los últimos 13 años, que murió hace unos meses.
–Milo, me dijo alguien, en otra vida fue cangrejo— dice con tristeza.
Es el hermano del medio de tres varones, hijo de Marta y de Rubén, despeinado, indiferente al reloj que no usa, maneja sus tiempos pausado, guarda con parsimonia en la mochila un poncho de toalla azul, las antiparras, una gorra de natación dorada, los cigarrillos, un abrigo de lana, un gorro color verde musgo.
Vive solo, organiza sus comidas, la limpieza, su ropa. Es melómano, tiene con la música un gusto bastante ecléctico, con las mujeres, también, hasta hace poco estuvo muy enamorado, ahora está listo para volver a empezar.
Sale, cierra la puerta con llave, saluda al vecino de enfrente que está entrando a su casa con un grito, un auto que pasa le toca bocina, lo saluda agitando la mano, conoce cada rincón del pueblo lo camina todos los días buscando historias, habla con las personas que se cruza, las escucha, los incorpora a su vida, los conecta, le hace honor a su profesión de productor periodístico, guionista radiofónico y licenciado en comunicación, da clases también en la escuela pública, entiende los código de sus alumnos, tal vez porque es aún un poco adolescente.
A veces viaja a dedo, solo para charlar con los camioneros, viaja siempre para ir a nadar.
Durante muchos años viajó solo a su dolor, nadó solo en mares de angustia y depresión, surfeando sobre olas de ansiedad, atravesó noches en que los excesos, las pastillas y el alcohol no lograron evitarle el vacío, acorralado, una arritmia lo desplomó, lo dejó sin aire delante de su compañera.
–Como que me estaba dejando morir. No dormía, tomaba muchos energizartes, ansiolíticos y tricíclicos. No nadaba.
Para prevenir una muerte súbita, lleva desde esos días un cardiodesfibrilador bajo la piel. Pasó un año deprimido, encerrado, hasta que su compañera le tiró la caja de ansiolíticos, y una médica que era nadadora, lo animó.
–En 2019 una depresión me dejó de cama por un mes. Solo me levantaba para ir a nadar. A vivir. Hace 5 años comencé de apoco a nadar en aguas frías. Y me enamoré del agua fría. Son pequeños momentos de dolor que, espero, me preparen para llevar la vida. La comunidad que nada en aguas a bajas temperaturas, es poesía, liberación.
Nadó en muchos lugares del Mar Argentino, nadó en Mar del Plata, en Necochea, en Villa Gesell, en los lagos del sur, en los Reyunos, en el Canal de Beagle, en los arroyos, en las lagunas, en las piletas, adonde no hace pie, nada.
–La laguna de Todos Los Santos es de vertiente, si no llueve, nadar se complica.
Se acomoda en el asiento de adelante, viaja callado, mira por la ventanilla, sigue con la vista los hilos de agua que dejan las gotas en el vidrio, después de un tiempo corto, una línea de agua dulce, finita, azulada, aparece a la derecha, cercada por eucaliptus, la laguna, se mueve, el viento fuerte hamaca las ramas de los sauces, las hojas largas barren la espuma sucia de la orilla.
–Mi vieja nadaba en los cañadones, porque cuando era chica vivía en el campo— se baja de la camioneta. Desenreda sus piernas largas, se estira, camina con sigilo, mueve su cuerpo exuberante, zarandea los brazos robustos, desafía al viento helado, levanta la cabeza, toma aire, se estira.
La tierra húmeda huele a hojarasca, a algún pez muerto, a barro viejo, una mezcla rara, un todo con el dulce de la resina de los pinos y los eucaliptus, un perfume antiguo, cardos, manzanilla, abejas.
Despacio, en procesión se saca la ropa, se desprende poco a poco del agobio, escucha el zumbido del viento, apura el paso, pisa descalzo el campo ocre, se detiene en la orilla, sonríe, mira las olas, se silencia, su mirada planea, hay colores diáfanos, saliendo de la laguna inquieta. Sus pies dejan marcas subterráneas en el barro, avanza. Su piel choca contra el agua helada, se sumerge, camina, se desprende de la tierra, se aleja de la costa y de su centro, nada, sabe el idioma del agua, la escucha, le habla.
–Abajo del agua el presente es perpetuo, no pienso en el futuro, no tengo ansiedad.
Mira el mundo atravesado por la poesía, es un escritor que nada, en el silencio del agua encuentra sílabas, palabras encriptadas, métricas, arma frases, las repasa, las olvida, reza y disfruta, se da cuenta de que está vivo, toca el fondo, busca algo que no sabe, secretos de otras vidas, a veces tiene miedo, entonces sube a la superficie y respira.
Aprendió en el agua a ahuyentar los monstruos del insomnio, descubrió que sumergido no hay arritmia, sereno, puede mirarse, reconocer sus males, expulsar toxinas, entendió que se debe nadar en comunidad, mirando entre brazadas al compañero, consiente del entorno, formando un todo.
— No nado y me deprimo. Lo necesito, me perdí varias travesías por no tener la guita. La pasión y el mercado no se entienden.
Disfruta de encuentros con otros seres, tiene mil amigos, no solo en el agua vive en común unión, siempre cerca de un guiso de lentejas, de algo con cúrcuma, un asado, brindis, arroz.
–Prendo el fuego junto a personas queridas porque el fuego junta.
Come bastante, conoce sus límites y sus tiempos naturales, sabe escuchar sus señales, puede leer su cuerpo, sale del agua, sin correr riesgos de hipotermia, se acerca a la orilla lento, reaparece en el mundo, pisa la tierra, se saca la gorra dorada, las antiparras, se envuelve en su poncho de toalla.
–No nos hundimos. Estamos nadando y eso es la vida—dice y se viste.
Cuando llega a su casa, lleva en la mano la mochila y una bolsa con la ropa húmeda, mete la llave en la cerradura, la gira, entra, y cierra la puerta.
