Leo Baldo Nadador

(Por Leo Baldo)Se sienta frente a la pantalla, su propia herramienta-ventana hacia el mundo. Como licenciado y periodista, sabe que las palabras pueden ser un cuenco de tierra o una nube. En la redacción de su medio regional, el aire huele a café y asfalto, pero bajo su camisa, el mapa de sus cicatrices reclama otro elemento: solo se leen bien debajo del agua.

Cuando el reloj marca la hora sin sombra. Deja de ser el docente para convertirse en el nadador de aguas abiertas frías. Huye de lo seco hacia lo húmedo. No busca un cronómetro; busca el centro, el lugar donde el mundo enmudece y las palabras sobran.

Al entrar en la pileta clorada de su pueblo, el perfume del químico le recuerda al océano. Es un ensayo de lo que vendrá. En su mente, la Laguna de Todos los Santos se vuelve marina y él se siente un delfín con cuerpo de hombre. Cada brazada es un silencio donde se cocina una paella de verbos: nadar, flotar, hundirse.

Dice “mañana vengo” como un mantra heredado. Sabe que cualquier día es lindo si tiene sal en los labios. Al salir, se siente como ese sol que emerge del agua: un nadador cansado, pero empapado de luz.

Vuelve al papel. Ya no es solo un místico; es un hombre que ha cambiado el asfalto por la arena, el ruido por el oleaje. Escribe porque sabe que la poesía es el lenguaje que nos devuelve el mar después de habernos hecho suyos

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