Por Leo Baldo
Hay tipos que fabrican ruido y tipos que tallan canciones con los dientes. Criko pertenece a la segunda estirpe. Me pasó su último trabajo, el Volumen III, y lo agradezco; en este desierto de sonidos sintéticos, que alguien te pida una devolución de su alma puesta en cinta es, por lo menos, un acto de fe suicida.
Estamos ante un frontman que no pide permiso. Es un artesano de la canción, un lírico que mastica la realidad nacional y latinoamericana para escupirla convertida en poesía de la calle. Criko no solo canta, él capta el zumbido de fondo de nuestra tierra.
“Me siento feliz por haber grabado y poder compartir mi tercer disco”, dice el hombre, con esa calma sospechosa del que sabe que acaba de soltar una bomba. Acompañado por el saxo de Gaby Sax y la armónica de Gino Andrea Calcagno, Criko ha parido una criatura versátil: un híbrido que muerde entre el rock, el reggae y un punk que se niega a morir.
Hay una versión de “Cosas mías” de Los Abuelos que es, cuanto menos, un viaje lisérgico y necesario. Pero el hueso del disco está en sus letras. Hay viajes, hay historias de nuestra tierra y hay un coqueteo con el suicidio y la amistad que te pega en el plexo. Suena a grunge sucio; me arrastró de los pelos a aquel supergrupo, Mad Season, con el fantasma de Layne Staley susurrando en el rincón.
Es un disco para escuchar con los ojos cerrados y el pulso alerta.
La cita con el destino:
Parte de esta locura se presentará el 20 de marzo en el Marquee. Si tienen un gramo de decencia auditiva, busquen el disco en Spotify o YouTube y sigan el rastro del artista en sus redes.
Instagram @crikook
Criko es nuestra bandera en este naufragio. Escúchenlo antes de que sea obligatorio.
Que sea rock, o que no sea nada.
