YPF suelta el lastre de 45 áreas convencionales. Un rito de pasaje donde el petróleo viejo se vuelve un olvido de hierro y el futuro es un tajo seco en la piedra.
Por Leo Baldo
El mapa de la energía argentina está sufriendo una metamorfosis de carne viva. No son solo firmas en un escritorio climatizado; es una amputación. El Plan Andes ha decidido que es hora de soltar los lastres. 45 áreas convencionales, esos campos maduros que alguna vez fueron el orgullo de los pueblos fundacionales, hoy son entregados como quien deja una vieja piel en el desierto.
La herencia que se vuelve sombra
Según el reporte de Mejor Energía, la fase final del traspaso ya es un hecho irreversible. Bloques como Manantiales Behr o el Cluster Norte en Mendoza ya no vibran bajo el logo de la torre estatal. Son, ahora, el botín de operadoras pymes que llegan para extraer el último aliento de pozos que se resisten a morir.
Para YPF, este retiro es un rito de pasaje. Hay una frialdad técnica en el movimiento: soltar lo viejo para blindar lo nuevo. La mirada está puesta en un número que muerde: 6.000 millones de dólares de inversión para 2026. Ya no hay tiempo para la paciencia del convencionalismo. El “brote negro” ahora solo se entiende a través de la fractura, de la fuerza bruta que busca el corazón de la roca madre.
El hambre de la piedra (y la sombra del General)
El Plan Andes es la aceptación de una paradoja. Para que el balance de 2027 brille con el sol de la exportación, hay que dejar que la herencia se oxide en manos ajenas. Mientras el gas de Tierra del Fuego se muda a la órbita de Terra Ignis, en la Cuenca Neuquina el silencio ha muerto.
Solo queda el ruido de la perforación y el hambre de Vaca Muerta. YPF ha decidido correr sola, despojada de su propia historia, buscando en el fondo de la tierra un lenguaje que ya no tiene nada de humano, pero que lo funda todo de nuevo. Se terminó la era de la administración del declive. A un costado de la ruta, la sombra del General Mosconi observa cómo sus viejas catedrales de hierro cambian de dueño. Quizás entienda que, para salvar el futuro, a veces hay que entregar el pasado. O quizás, simplemente, esté esperando que el nuevo “brote” sea tan soberano como el que él soñó hace un siglo.
Lo que viene es el tajo, el récord y el olvido de los que se quedaron cuidando cigüeñas en el desierto.
