Proyecto Comunicación Saludable 25 de Mayo Leo Baldo - Ética Periodística y Salud Mental

Caminamos por la calle 9 con el pulso acelerado, pero el ruido no está en el asfalto, sino en el bolsillo. Un tintineo metálico, un brillo azulado que vomita tragedias antes de que el cuerpo se enfríe. Estamos atrapados en una danza de clics frenéticos, una orgía de datos que devora el luto y lo escupe en forma de odio, olvidando que debajo de la pantalla todavía late un corazón humano que pide, a gritos, un poco de silencio sagrado.

Por Leo Baldo

Ahí están, los muchachos de la prensa y los señores del poder, todos corriendo tras un fantasma de silicio. Una primicia que corre como un aullido por los cables, desnudando el dolor de un vecino antes de que el sol termine de ponerse sobre la laguna. Es la era de la velocidad, Jack, pero es una velocidad que no lleva a ninguna parte, solo al vacío.

El periodismo en el banquillo: Entre la primicia y la humanidad

Me crucé a Ryszard Kapuściński cerca del quiosco La Perlita. Estaba ahí, mirando los titulares con una tristeza de siglos. Me tocó el hombro y me dijo, como quien suelta una verdad de plomo: “Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos hombres. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”. Y tiene razón. Si no podés sentir el frío del que se queda solo, no podés escribir ni una línea que valga la pena. Pero hoy, en la pantalla, la bondad es una moneda devaluada que nadie quiere cobrar.

El enjambre digital en las calles de 25 de Mayo

Seguí caminando, rumiando el aire de la tarde, y junto al buzón de la calle 25, ese resto de un tiempo donde las palabras viajaban despacio y tenían peso, lo vi a Byung-Chul Han. El coreano no miraba las cartas, miraba los celulares de los que pasaban. “En el enjambre digital, la comunicación carece de respeto”, me susurró mientras el viento soplaba desde el sur. “El respeto requiere distancia, y hoy hemos perdido la distancia necesaria para cuidar al otro”. El respeto, ese viejo vecino que ya no saluda.

Vemos el accidente, vemos la tragedia, y en lugar de un abrazo, sacamos el ojo de vidrio para capturar la sangre y lanzarla al circo de los comentarios. ¡Vaya espectáculo! Un festín de clics sobre las cenizas de una vida.

La anestesia social: Cuando el dolor ajeno se vuelve espectáculo

Llegando a la 204, justo antes del cañaveral, donde el pueblo se vuelve campo y el silencio es otra cosa, estaban ellos. Zygmunt Bauman y Susan Sontag discutían bajo la sombra de las cañas. Susan miraba una foto en un muro de Facebook y sentenciaba: “La exposición constante a la tragedia sin sentido ético solo genera anestesia social”. Bauman asentía, encogido en su abrigo: “El compromiso con el otro es frágil en las redes, es más fácil cerrar la puerta que mirar a los ojos”.

Algoritmos de atención: ¿Por qué nos programan para el odio?

Y de repente, sentado en un poste de luz con una laptop que brillaba más que el sol de la tarde, apareció Martin Hilbert. Me miró con ojos de algoritmo y me soltó la cruda verdad: “El algoritmo no busca la verdad, busca tu atención. Y nada captura más tu atención que el odio y el miedo. Estamos siendo programados para indignarnos, no para entendernos”. Entendí entonces que la máquina se alimenta de nuestra bilis, que cada clic en una noticia trágica es carbón para este incendio digital que nos consume.

¿Dónde quedó la poesía de la calle? ¿Dónde quedó el respeto por el misterio del final?

Estamos intoxicados de una luz que no alumbra, que solo encandila. El discurso de odio es el nuevo jazz, pero desafina; es puro ruido de estática que rompe los tímpanos de la comunidad. Como decía Javier Darío Restrepo: “El periodista no es un juez, ni un verdugo”. Pero a veces, en el apuro de la red, parecemos soltar la guillotina antes de preguntar el nombre. Incluso el Gabo nos lo advirtió: “La mejor noticia no es siempre la que se da primero, sino muchas veces la que se da mejor”.

Hacia una tregua digital: El fin de la máquina de escupir sombras

Necesitamos bajar el ritmo. Necesitamos que la palabra vuelva a ser un puente y no un muro de ladrillos lanzados al azar por la calle 204. No más fotos del horror, no más festines de miseria. Hay que desenchufar la rabia cerca del cañaveral y volver a mirarnos como lo que somos: náufragos en el mismo barco, buscando un puerto donde el silencio no dé miedo y la palabra, por fin, vuelva a sanar.

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