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“Me resisto a que el pasado se olvide”. Gastón Piñero, el vecino que se define como un “recolector de cosas”, nos cuenta la historia detrás de su archivo personal. Desde una botella de su infancia en Morea hasta cartas y fotos de desconocidos, un viaje por los objetos que guardan la parte más humana y solidaria de nuestra historia regional.

Por Leo Baldo

Para algunos son solo objetos viejos; para Gastón Piñero son “herencias de buenas costumbres”. El conocido martillero veinticinqueño atesora en la intimidad de su hogar un universo de recuerdos que desafían el paso del tiempo. En una charla con 25 Se Informa, Gastón nos revela que su pasión no nació de la acumulación, sino de un romanticismo heredado: el de rescatar lo mejor del ser humano a través de lo que dejó escrito o fotografiado.

“Ciruja recolector” contra el silencio

A pesar de la magnitud de lo que ha logrado reunir, Gastón prefiere alejarse de las etiquetas tradicionales. “No me considero coleccionista de nada. Soy un ciruja recolector de cosas”, afirma con humildad. Su motor es una resistencia íntima: “Me resisto a que el pasado pase y a que se olvide. No vivo del pasado, pero lo miro con muchísima nostalgia y me da mucha pena que se pierda”.

La botella que esquivó la gomera

Toda colección tiene un mito fundacional, y el de Gastón tiene nombre: Canadá Dry. “De mi viejo no recibí bienes materiales, pero sí la costumbre de recordar el pasado con romanticismo”, cuenta. Cuando tenía apenas 7 años, en Morea, se trajo una bolsa llena de botellitas de la casa de Don Pascual Fusto. ¿El objetivo? Reventarlas contra una pared porque no tenía puntería con la gomera. “Las reventé a todas, pero esa se salvó. Quedó en un galpón años, hasta que tomé conciencia y la guardé. Fue el primer objeto de mi colección”.

Un archivo de “perfil bajo”

En su casa, Gastón logró organizar por rubros —especialmente durante la pandemia— desde arpones para mover fardos de pasto hasta latas y botellas que son verdaderas rarezas. Pero lo que más lo atrapa es el material sensible: miles de fotos (muchas de desconocidos) y cartas con contenidos “jugosos” que aún no ha terminado de leer.

“Me apasiona ver qué pensaba el ser humano. Creo que el mundo se está destruyendo, y con esto trato de rescatar la parte positiva, la solidaria, la que queda plasmada en un gesto de una foto o en lo que alguien escribió”, explica. Aunque su museo es de perfil bajo y para el disfrute personal o de algún allegado que sepa apreciarlo, su relato es un puente necesario para que la memoria colectiva de 25 de Mayo y de la región no se evaporen.

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