Silvia Blanco, directora del Coral 25 de Mayo, repasa las siete décadas de una de las instituciones más entrañables de nuestra cultura. Treinta y siete años al frente de un barco de voces donde conviven las mañas, los viajes y la certeza absoluta de que la música sana
(Entrevista/ Por Leo Baldo) El Coral 25 de Mayo cumple setenta años. Es un montón de tiempo para un pueblo. Una enormidad de inviernos que cruza la historia misma de las calles de tierra y asfalto. El Concejo Deliberante y el Ejecutivo municipal armaron un homenaje, un acto en el recinto, un papel firmado para dejar constancia de que setenta años de canciones valen algo. Al frente de ese barco de voces, desde hace treinta y siete años, está Silvia Blanco. Llegó de La Plata en 1989, recién salida del conservatorio, con un título tibio bajo el brazo y una valija llena de dudas que pesaba más que la ropa. Hoy, con los ojos llenos de asfalto local, deja de lado los discursos oficiales. Habla como quien cuenta un partido de fútbol que se ganó sobre la hora. Habla de las mañas de las giras, de la persistencia y de esa mística invisible que junta a los vecinos comunes para transformarlos en una familia que canta.
La construcción de una identidad colectiva
—Es una locura —dice Silvia, sin vueltas, con la voz limpia de quien no sabe mentir—. La verdad que es muy loco. Es un orgullo enorme, un compromiso que va más allá de las notas musicales. Estar al frente treinta y siete años significa armar una conducta. Una imagen física, ética, moral. Todo eso hay que sostenerlo en el aire para que no se caiga. Ahora, con el aniversario, uno frena y toma conciencia. Pero el resto de los días sale natural. Para mí esto no es un empleo. Si me preguntan cuál es mi hobby, respondo que dirigir. Es el placer de sentirse viva. Sacando a mi familia, la música es lo más grande que me pasó.
Cuando Silvia pisó Veinticinco de Mayo, el panorama era más bien flaco. El coro tenía doce personas. Doce voluntades que nunca habían cruzado el límite de la provincia de Buenos Aires. Lo más lejos que conocían era Tandil, Lobos o Roque Pérez. Había que remar.
—Empezamos a laburar —recuerda—. El grupo creció, buscamos obras más difíciles, pulimos la afinación. Pero la esencia humana se mantuvo igual. Yo siempre mechaba: dos piezas clásicas y el resto populares. El director tiene que ser docente. Había que mostrarle a la gente que existían otras músicas, otros mundos posibles en el oído.
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Convivencia en el viaje y la cura a través del grupo
Después llegaron las fronteras rotas. El Coral 25 metió las valijas en los micros y viajó a Brasil, a Chile, a Colombia. Diez días arriba de un colectivo o metidos en habitaciones de hotel compartidas abren cualquier coraza. Ahí se ve la madera de la que está hecho cada uno.
—Por el coro pasaron más de ciento cincuenta personas y me acuerdo de cada una —asegura Silvia—. En los viajes te sentás con uno, charlás, vas saltando de asiento en asiento como Juan Langosta. A mí siempre me tiró hablar con la gente grande. Ahí aprendés a convivir, a aceptar al otro con sus mañas. Ese es el verdadero legado del coro. En estos tiempos de grieta furiosa, donde cualquiera te salta a la yugular por una opinión, el coro es un milagro. Ahí adentro no se habla de política, ni de fútbol, ni de religión. Se habla de los arreglos de las canciones, de los hijos, de los nietos. Si la Argentina copiara un poco ese código, seríamos otro país.
Claro que hay chispazos. Los grupos humanos no son un cielo despejado. Pero el Coral tiene un antídoto contra el barro cotidiano.
—Nos conocemos de memoria. A mí me dicen ‘la loca’ con afecto, y tienen razón, asumo la locura. La gente llega al ensayo atravesada por la vida, de malhumor, sin saludar. No les damos bola. Los dejamos pasar. A los diez minutos ya se les pasó, porque empezaron a cantar. El canto sana. Cantar solo te alivia, pero cantar en grupo te salva.
No es una frase para quedar bien en la prensa. Es una verdad que Silvia Blanco probó en el cuerpo el 4 de noviembre del año pasado. Ese día se le murió un hermano tras una enfermedad larga y feroz. Al día siguiente del entierro, Silvia cruzó la puerta del salón de ensayo. Tenía el alma hecha pedazos. Una coreuta la frenó en seco, asustada: “Vos estás loca, Silvia, ¿qué hacés acá?”.
—Yo necesitaba estar ahí —dice Blanco, con los ojos fijos en el recuerdo—. Les pedí que no me dijeran nada. No iba a trabajar, iba a buscar refugio en la música. Salí de ese ensayo mucho mejor de lo que entré. No quería quedarme sola entre cuatro paredes. El coro nos abraza cuando la mano viene dura.
Festejar trabajando y el valor del reconocimiento local
A los sesenta y tres años, la directora sabe que en su oficio el tiempo es un aliado. Los años dan espaldas, dan oído, dan paciencia. El futuro del Coral 25 no se dibuja con promesas rimbombantes, sino con el viejo método del mostrador: constancia y partituras listas.
—¿Cómo festejamos setenta años? Laburando. Trabajando y trabajando. No conozco otra forma. Ensayar, ablandar a las voces nuevas que entran, sacar temas. Las instituciones se salvan con perseverancia, incentivos y salud para seguir juntos. Para la fiesta grande vamos a hacer la velada de gala con la Misa Criolla. Es un proyecto gordo, ambicioso. Y después nos espera Tandil.
Sobre el final de la charla, Silvia vuelve al mimo que le dieron los concejales. Pone las cosas en su justo lugar, con el orgullo de la pertenencia bien entendido.
—Cuando el coro cumplió sesenta años, nos hicieron un homenaje en el Senado de la Nación. Todo muy lindo, no lo desprecio para nada. Pero esto de ahora, el aplauso acá en el pueblo, me llena más el alma. Acá es donde vivimos, acá es donde somos visibles, donde nos cruzamos con los vecinos en la calle. A todos nos gusta que nos mimen en nuestra propia casa.
