la praxis de Egüen y el realismo territorial

La inauguración del Monumento a la Biblia en la Plaza Mitre expone las reglas de la praxis política ante la demografía real de 25 de Mayo. Lejos de la sintonía doctrinal, el oficialismo asimila la masividad evangélica bajo una lógica estrictamente utilitaria: el intercambio de reconocimiento simbólico en el centro urbano a cambio de una red capilar indispensable para amortiguar la vulnerabilidad social allí donde la estructura municipal o el HCD, muchas veces, no llega

(Por Leo Baldo) El paisaje urbano de las ciudades del interior bonaerense responde a una geometría rígida y heredada. En nuestro caso, alrededor de la plaza principal Bartolomé Mitre, se despliega el orden institucional tradicional: el palacio municipal en una acera, la iglesia parroquial en la otra, y las sucursales de los dos bancos públicos —el Nación y el Provincia— completando el cuadrante del poder decimonónico. Sin embargo, los símbolos no son estáticos; mutan al ritmo de las transformaciones subterráneas de la demografía y la sociología. La reciente inauguración del Monumento a la Biblia en la Plaza Mitre de 25 de Mayo, precedida por una masiva “Marcha por Jesús”, ofrece una ventana nítida para observar cómo se reorganiza el mapa de la representatividad y el poder territorial en el plano local.

Este fenómeno no es nuevo en su raíz, pero sí en su grado de institucionalización. Lo que el sábado cobró visibilidad en el centro neurálgico de nuestra comunidad es la culminación de un proceso de maduración que el universo evangélico local inició formalmente en 2020 con la creación de su Consejo Pastoral. Aquella iniciativa, nacida para unificar la interlocución de un archipiélago de congregaciones independientes, perseguía un objetivo nítido: constituirse como un actor civil con capacidad de presión ante el Estado municipal. Tras años de deambular por los despachos de gestiones anteriores sin obtener respuesta, el proyecto encontró en la actual administración la ventana de oportunidad para materializarse.

Así las cosas, para el intendente Ramiro Egüen, la densa movilización que recorrió las calles de la ciudad no representa un hecho de naturaleza dogmática, sino una realidad demográfica insoslayable. Quien gobierna un distrito extenso sabe que la estructura municipal carece muchas veces de los recursos y el alcance para fiscalizar y contener cada rincón de lo que corresponde a un todo grande. En su propio discurso, el jefe comunal ensayó un diagnóstico de crudo realismo al definir a las iglesias como un “lugar estratégico de escucha” y admitir que la contención estatal resulta insuficiente si no se complementa con la red social de los pastores. Un rizoma. Detrás de la formalidad institucional de la foto, se esconde la admisión explícita de un ejecutivo que tiende puentes.

De esta manera, se puede pensar que existe allí un pacto de mutua conveniencia que excede las fronteras partidarias y se asienta en el pragmatismo puro. Ya lo advertía Alexis de Tocqueville al analizar las democracias occidentales: cuando la superestructura estatal se vuelve insuficiente para contener los márgenes de la sociedad, son las organizaciones civiles y de fe las que terminan configurando el verdadero tejido de estabilidad local. Sobre todo, en contextos socioeconómicos complejos y hasta cruentos como el de ahora, el Estado tiende a descentralizar y, en cierta medida, a delegar parte de la gestión de la crisis —las adicciones o consumos problemáticos, la violencia intrafamiliar, los diagnósticos mentales, la vulnerabilidad con la que se nace o que toca en cierto momento, la asistencia de emergencia— en estructuras que posean presencia inmediata en el territorio. Las iglesias evangélicas ofrecen esa burocracia comunitaria de proximidad, eficiente y desinteresada, que el funcionario público muchas veces no logra replicar desde el organigrama municipal o desde el Concejo Deliberante. El otorgamiento del espacio público central es la contraprestación lógica a esa tarea de contención que funciona como un amortiguador social en los barrios.

Lejos de las lecturas hiperbólicas que intentan encasillar estos movimientos en lógicas de confrontación o alineamientos ideológicos automáticos, la foto de la Plaza Mitre expone una transición natural en las relaciones de fuerza locales. El universo evangélico ya no demanda visibilidad desde los márgenes; se ha constituido en un interlocutor central de la vida civil y política de 25 de Mayo. El monumento inaugurado ayer sábado no viene a sustituir la vieja heráldica de la plaza, sino a integrarse en ella, dejando constancia de que el mapa del poder territorial se ha vuelto mucho más transaccional, diverso y capilar de lo que dictaban los manuales tradicionales de la política bonaerense.

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