66 años del nacimiento de Diego Armando Maradona

A 66 años del nacimiento de Diego Armando Maradona, una evocación desde la mesa de un café porteño sobre el mito de Fiorito. Entre la épica de la máquina de escribir y la melancolía del fútbol callejero, recordamos aquellas tardes de México, Bruselas y Turín donde un hombre con una zurda de seda y el tobillo roto se transformó, para siempre, en la única religión que no tiene ateos

(Por el Letho) Escribo y lo recuerdo. Lo hago desde una mesa de café que bien podría estar en Parque Patricios o en una esquina brumosa de Nápoles. Hoy es 30 de octubre. El almanaque, ese invento burgués para medir lo imposible, dice que Diego Armando Maradona cumpliría 66 años. Pero el Diego no cumple años; el Diego, como la literatura de Soriano o las noches de Luna Park que relató Cherquis, es un estado de la memoria colectiva. Es el mito que se obstina en quedarse a vivir entre nosotros.

Para entenderlo, hay que cruzar la épica de la máquina de escribir de Ernesto Cherquis Bialo —con ese adjetivo preciso, el pulso dramático de la revista El Gráfico y el conocimiento íntimo del hombre detrás del monstruo sagrado— con la melancolía combativa y futbolera de Osvaldo Soriano, el tipo que sabía que el fútbol es la única religión que no tiene ateos cuando las papas queman.

La tarde en que el potrero desafió al Imperio

Sucedió en el Estadio Azteca, un caldero donde el aire pesaba como el plomo. Era el 22 de junio de 1986. No era un partido de fútbol; era, para el inconsciente de un pueblo herido, una revancha poética. Soriano lo hubiera descrito como un cuento de perdedores hermosos que, de golpe, ganan la única batalla que importa.

Cherquis lo vio desde la primera línea del destino. Primero vino el gol con el puño, la picardía del pibe de Fiorito que le roba la billetera a la corona británica en un descuido. “La mano de Dios”, bautizó el propio Diego, con esa velocidad mental que superaba a sus piernas. Los ingleses protestaban con la rigidez de sus trajes coloniales, pero la pelota ya dormía en la red. El destino estaba sellado.

Y apenas unos minutos después, el milagro secular. Diego recibe la pelota antes de la mitad de la cancha, de espaldas. Gira sobre su propio eje, un trompo de fuego en el desierto. Lo que siguió no pertenece a la táctica, sino a la mitología clásica. Dejó atrás a Beardsley, a Reid, a Butcher (dos veces), a Fenwick y al arquero Shilton. Iba hamacándose, con la zurda como un pincel y el mundo colgado de sus botines. Víctor Hugo Morales lloraba en el micrófono; en las redacciones de Buenos Aires las teclas ardían. Fue el Gol del Siglo, sí, pero sobre todo fue la prueba irrefutable de que la belleza puede vencer a la fuerza.

El concierto de Bruselas: Bélgica de rodillas

Cuatro días más tarde, el rival era Bélgica. Las crónicas de la época suelen olvidar que las semifinales de un Mundial se juegan con el corazón en la boca. Pero para Maradona, el verde césped era un living de su casa.

Aquella tarde, Diego metió dos goles de antología. El segundo es una obra de arte abstracta. Recibe el pase de Cuciuffo en tres cuartos de cancha, arranca en diagonal, hamaca el cuerpo hacia un lado, descoloca a tres defensores belgas que quedaron congelados como estatuas de sal en el museo de Bruselas, y ante la salida del arquero Pfaff, define con una caricia cruzada de tres dedos. La pelota entró pidiendo permiso. Fue la apoteosis de la técnica, el ballet del barro. El mundo entero entendió que ese muchacho de rulos ya no jugaba contra hombres; jugaba contra la historia.

El tobillo de Dios en Turín

Avancemos cuatro años. Italia 1990. Maradona ya no era el atleta volador de México; era un héroe trágico, un Aquiles con el tobillo izquierdo inflamado como un pomelo, infiltrado, arrastrando los pies por el territorio hostil de una Italia que lo amaba en el sur y lo silbaba en el norte.

Octavos de final contra Brasil. Turín era una marea verdeamarela. El equipo de Bilardo resistía los pelotazos en los palos como un boxeador arrinconado en las cuerdas del Luna Park, al mejor estilo de las viejas veladas que Cherquis cronicaba con maestría. Faltaban diez minutos. El partido se moría.

Diego tomó la pelota en el círculo central. Tenía tres camisetas amarillas encima. El cuerpo no le daba más, pero el duende interno seguía intacto. Gambeteó hacia el abismo, juntó a toda la defensa brasileña como si fuera un imán y, en el milímetro exacto de espacio y tiempo que solo los genios divisan, metió un pase ciego entre las piernas de Rocha. Claudio Paul Caniggia apareció como un fantasma rubio, gambeteó a Taffarel y la tocó al gol. Argentina ganaba lo imposible. Diego caía exhausto, con el tobillo roto pero el orgullo intacto. Soriano habría escrito que esa tarde la astucia criolla le ganó a la alegría del carnaval.

La última función del barrilete

El tiempo pasa para todos, menos para los mitos. Hoy, en este 30 de octubre de un año lejano, los pibes que no lo vieron jugar miran los videos granulados de YouTube en sus teléfonos celulares y se les escapa un lagrimón. Buscan entender por qué sus padres y abuelos todavía lloran a un hombre que corría detrás de un cuero inflado.

No se trata de los títulos, ni de los autos de lujo, ni de los excesos de una vida vivida a cinco mil revoluciones por minuto. Se trata de la felicidad. Diego Armando Maradona fue el tipo que bajó del cielo de los ricos para regalarle una tarde de fiesta eterna a los invisibles de la tierra.

Mozo, traiga otro café. Y ponga un tango de fondo. Que hoy el Diego cumple 66 años y en algún potrero del universo, la pelota sigue rodando, limpia, sin mancharse jamás.

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