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El fenómeno Milei no nació de un repollo; fue el hijo de un peronismo que dejó de hablarle a la clase media y de una sociedad agotada que compró un discurso de rebeldía. Pero hoy, con el conflicto en la planta de neumáticos FATE y el desguace de los organismos científicos, la realidad muerde. ¿Hasta cuándo aguanta el apoyo cuando la timba de arriba castiga a la familia trabajadora de abajo?

Por Leo Baldo

Todavía recuerdo la sorpresa de ver a tantos laburantes bancando el discurso de Javier Milei hasta la madrugada del día siguiente a su asunción. No era solo fanatismo; era el resultado de un peronismo derrotado que le había soltado la mano a la clase media. Milei, con una lectura magistral del hartazgo post-pandemia, supo captar ese sentimiento. Usó lenguajes que siempre estuvieron en disputa, desde canciones de La Renga hasta caminar con sindicatos en marchas opositoras. Instaló la palabra “casta” mientras venía del riñón de Eurnekian, y el peronismo, atónito, no supo qué contestar.

El ajuste era inevitable, lo sabíamos todos. Incluso el “hombre de Tigre”, ese empleado de Wall Street que asomaba como alternativa, lo hubiera hecho, quizás con otro gradualismo. Pero lo que estamos viviendo es una ferocidad que no distingue esfuerzo de sacrificio. La macroeconomía hoy parece diseñada para los reyes de la bicicleta financiera, mientras que la micro —la que define si hay carne en la mesa o si se pagan las cuentas— quedó a la buena de Dios.

Lo sé por fuentes cercanas y fidedignas: cuando el Presidente se reunió con la mesa de enlace en la Sociedad Rural Argentina, fue tajante. Les dejó en claro que su único desvelo era la macro, que la micro no le interesaba. Y esa es la herida abierta de este modelo. Porque detrás de la frialdad de los números que festejan en Olivos, están las intervenciones al INTA, al CONICET, al INTI; instituciones que son el cerebro productivo de nuestro país.

Hoy la noticia nos pega un cachetazo de realidad con lo que sucede en FATE. Son casi mil laburantes que ven peligrar su sustento. Multipliquemos eso por familias, por comercios de barrio que dejan de vender, por sueños que se cortan. El trabajador que lo apoyó con esperanza hoy se encuentra con que el ajuste no era para “la casta”, sino para el que produce.

Como decía el Coronel Mohamed Alí Seineldín: “La Patria es un valor permanente, no una mercancía en manos de mercaderes”.

El problema es que hoy los que mandan parecen ignorar que un país no es una cuenta bancaria que debe dar saldo positivo a cualquier costo, sino una comunidad de personas que necesitan laburo y dignidad. El superávit financiero que se festeja con bombos y platillos no sirve de nada si se construye sobre el cementerio de la industria nacional y el hambre de los trabajadores.

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