Hasta el domingo, mi amor: la crónica de un país que ya empezó a jugar la final Por Gian Cipriano

Por Gian Cipriano

Hay partidos que duran noventa minutos… y hay partidos que empiezan unos días antes. Porque la final no arranca cuando el árbitro da el pitazo inicial. Arranca cuando un país entero deja de pensar en todo lo demás y piensa, únicamente, en fútbol.

Empiezan las cábalas. La misma ropa. El mismo lugar en el sillón. El mismo grupo de WhatsApp explotando. El mismo “esta vez no hago tal cosa porque la otra vez funcionó”. La juntada, la familia, los amigos, el asado. La previa donde se habla de cualquier otra cosa para distraernos un rato, aunque sea inevitable: empiezan esos nervios que solamente un argentino puede entender.

El laburante cuenta los días para llegar al domingo. El comerciante ya sabe que ese día va a bajar la persiana antes. En las escuelas no se habla de otra cosa. En las fábricas, en los campos, en los talleres y en cada oficina hay una sola conversación. Porque cuando juega la Selección, por un rato, el país se detiene.

Y entonces vuelven los recuerdos. Vuelve Argentina 78, México 86, Qatar 2022. Vuelven esos abrazos con desconocidos, las lágrimas con nuestros viejos, los gritos con nuestros hijos. Las plazas llenas, los balcones pintados de celeste y blanco. Esa marea humana que le mostró al planeta que en Argentina el fútbol no se mira: se vive. Otra vez estamos ante los ojos del mundo, protagonizando algo que ellos jamás van a entender.

Esta final contra España no es solamente un partido. Es otra oportunidad para volver a emocionarnos. Para volver a creer. Para sentir, una vez más, que este plantel representa el corazón de millones.

Y entre ellos, hay una historia que nos toca bien de cerca: la de Valentín Barco. Un pibe nacido en 25 de Mayo que lleva el nombre de su ciudad hasta una final del mundo. Un recordatorio de que los sueños más grandes también pueden empezar en un pueblo, en una cancha de tierra, con una pelota gastada, una ilusión enorme y un esfuerzo que muy pocos conocen.

Porque ser argentino es eso. Es sufrir antes de tiempo. Es ilusionarse aunque juremos que no. Es abrazar al que tenemos al lado sin preguntarle quién es.

¿A nosotros nos van a hablar de pelearla, si nacimos y vivimos en el barro? ¿A nosotros nos van a hablar de esfuerzo, si laburamos de sol a sol para el día a día? ¿Justo a nosotros nos van a hablar de amor por los nuestros, si con dos ametralladoras, un puñado de comida y sin abrigo nuestros pibes fueron a defender la patria? El mundo entero habla de cómo llegamos hasta acá; algunos nos miran con envidia, otros tantos con muchísima admiración. Hay una sola explicación: somos Argentina.

Y otra vez, un país entero late al mismo ritmo: “Quiero ver la cuarta estrella brillar en la camiseta, soy argento de la cuna hasta el cajón, por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”.

Y ahí está: el último baile del jugador más grande que me tocó ver. El mismo que hace unos años parecía bajarse del barco porque unos pocos ignorantes salían a matarlo. Gracias, Lionel. Gracias por dejarnos disfrutar de tu magia, de tu fútbol y de tu humildad. Gracias por darlo todo por tu país, incluso cuando parecía imposible.

La cuenta regresiva ya empezó. Que sea lo que Dios quiera, y Dios quiera que la mejor bandera de todas brille y flamee en lo más alto del mundo otra vez.

Hasta el domingo, mi amor. Tal vez volvamos a vernos…

¡Vamos Argentina!

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