(Por Leo Baldo) La lógica del rendimiento no tiene piedad. Las redes sociales son el matadero hiper pos moderno. No hace falta un capataz con látigo ni un panóptico de cemento. El esclavo se vigila solo. Convierte su carne, su rutina y su intimidad en mercancía barata. Todo ocurre bajo una falsa promesa de libertad. Una trampa perfecta de la psicopolítica actual: la conversión de la vida en una empresa que nunca acaba. El cuerpo paga la factura.
Vamos a la cita de autoridad: Byung-Chul Han lo define con precisión quirúrgica en Psicopolítica:
“El sujeto del rendimiento, que se pretende libre, es en realidad un esclavo absoluto en la medida en que se explota a sí mismo voluntariamente sin amo alguno”.
La sumisión cambió de ropaje. Pasamos del sujeto al proyecto. Con todo, el proyecto es un proyectil dirigido hacia uno mismo.
Y ahí, donde se desvanecen los elementos, Instagram y TikTok imponen el algoritmo del me gusta. El físico ya no es el soporte de la vida. Es una empresa individual. Hay que optimizarlo, diseñarlo, gerenciarlo. El peligro arranca cuando el bienestar se vuelve una obligación de producción para el afuera. La cultura del fitness al límite y el bienestar milimetrado son órdenes de un sistema que exige luz artificial total, exposición y número. El individuo se machaca en el gimnasio y se corta en el quirófano. Cree que elige. Obedece a una junta de directorio invisible que opera en su propia cabeza. El cuerpo es una PyME que no puede quebrar.
Aquí opera el poder inteligente, esa fuerza que no prohíbe, sino que seduce. Han lo explica en su texto:
“El poder inteligente, de tintes amables, no opera en contra de la voluntad de los sujetos, sino que dirige esa voluntad a su favor”.
La opresión contemporánea es sexy. Te pide que te muestres, que participes, que gestiones tu propia energía para no quedar fuera del mercado.
Esta vidriera permanente destroza la salud. La red no duerme. No tiene horarios ni fronteras. La presión por rendir muerde las veinticuatro horas. El cuerpo real nunca alcanza el estándar de optimización perpetua que exige el teléfono. Ahí brota la enfermedad: dismorfia, trastornos alimentarios, fatiga crónica. La carne se agota en el intento de ser una máquina eficiente. El panóptico digital es transparente, pero es un matadero de la singularidad. Como señala el filósofo surcoreano:
“El panóptico digital carece de una perspectiva central que permita una vigilancia totalizadora. En su lugar, abre una perspectiva total que desborda por completo las fronteras del espacio analógico”.
El cerebro también sangra. El ánimo depende de un contador de interacciones. Si no hay validación digital, cae la condena: la insuficiencia en la gestión personal. El que no llega al estándar de productividad asume el fracaso como una culpa propia. Se encierra. La agresión no estalla hacia afuera. No hay rebelión colectiva. La bronca que debería ir contra el sistema se da vuelta y castiga al propio cuerpo. Llegan la ansiedad, la depresión y el vacío de la quiebra interna.
Han desarma esta falsa ilusión revolucionaria:
“Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable de su fracaso y se avergüenza de ello, en lugar de cuestionar a la sociedad o al sistema”.
El explotado se vuelve un depresivo, no un revolucionario.
Cierro la tapa de la Asus 2018. Todavía quema. Salgo de casa, a metros de Plaza Italia. El aire de 25 de Mayo está frío, seco, no perdona. Subo a la bici. El pavimento agrietado de la Nueve me sacude las muñecas pero no detiene el ritmo. Llevo el grabador digital en la mano izquierda, pegado al manubrio. Dictar sobre la marcha es la única forma de que la nota no se muera en el intento.
Acá voy, Leo Baldo, con las cubiertas gastadas devorando el asfalto local, arrastrando mis cuarenta y tres años de marcas en el cuero y la cabeza puesta en Byung-Chul Han.
Alguien soñó, hace tiempo, que la cosecha de seres humanos comenzó. El problema es que nadie recuerda la siembra. Nos metieron en este surco digital sin aviso. Ahora somos varios los que vamos a engullir parte de nuestros propios sueños, masticando la frustración de no alcanzar el estándar de la pantalla.
Ya nada es moderno. La modernidad era otra cosa. Era la poesía pura, Rubén Darío y sus cisnes blancos flotando en lagunas que hoy se secan. El Drácula con tacones, pateando la noche de los pueblos, fue el primer aviso. El anuncio de que la farsa de la autoexplotación corporativa iba a tomarnos por el cuello.
Freno contra el cordón en el centro exacto del pueblo. Miro el movimiento de la calle. El mercado de la optimización no descansa, está ahí, flotando en el aire. En la pantalla te exigen ser el gerente de tu propia vida; en la diaria te empujan a buscar el rendimiento absoluto para soportar la presión de un sistema que nunca apaga los motores.
Cruzo de vereda y termino bajo la recova del Teatro Español. El techo viejo ataja el viento frío. Pirulo, sale. Es una rima guacha que rebota contra las paredes de la sala vacía, pero espadea dialécticamente en el barro de la cabeza.
Ahí los veo, agazapados entre las sombras del hall. Nick Land y Byung-Chul Han, metidos abajo del mismo techo institucional.
Land está sacado, acelerado a fondo. Quiere tomar de los pelos al coreano. El británico del aceleracionismo puro grita que el capitalismo no se puede frenar, que la máquina digital es el futuro que ya nos deglutió y que no hay que llorar por la pérdida del sujeto. Quiere empujar el cuerpo al colapso tecnológico, disolver la carne en el flujo constante de la producción.
El aire del Teatro Español se corta con cuchillo. Land tira el manotazo, ciego por la velocidad de su propia teoría, buscando el cuello de Han para arrastrarlo al abismo del colapso corporativo. Pero el coreano esquiva el golpe sin mover un músculo de la cara. Le tira el libro de Psicopolítica sobre el pecho como si fuera un escudo de plomo:
“La psicopolítica neoliberal está dominada por la positividad. En lugar de operar con prohibiciones, conecta con estímulos positivos”.
La máquina no te va a destruir por la fuerza, Land; te va a hacer desear tu propia optimización hasta que revientes de agotamiento, gerenciando tu caída con una sonrisa en el smartphone.
Es una pelea de fondo bajo el techo de 25 de Mayo. La aceleración destructiva contra la psicopolítica del rendimiento. Mientras ellos espadenan dialécticamente entre las columnas viejas, la cosecha de seres humanos sigue afuera, silenciosa, doblando la esquina por la Nueve.
El celular nos hizo gerentes de nuestra propia existencia para un mercado implacable. Es el nuevo rosario, el objeto de culto que llevamos a todos lados para confesar nuestras métricas y obtener el amén del rendimiento. Guardo la Asus en la mochila de un tirón. No hay tiempo para espectadores pasivos en esta comedia de la producción infinita. Subo a la bici y meto el primer pedalazo. Hay que apagar la luz de esa transparencia obligatoria. Recuperar el derecho a un cuerpo que no sea una empresa. Un cuerpo que habite el silencio, que entienda el valor de parar, que cometa errores de cálculo y que no pida permiso a la pantalla para existir en este suelo.
