Vivimos recostados en el diván de un algoritmo que nos regula la vida y nos condena al aislamiento en un cuarto a oscuras. Una disección cruda sobre cómo el brillo del celular nos quita el territorio, formatea nuestros cerebros y nos arrastra hacia el vacío mientras afuera, en el mundo real, parece, ya no pasa nada
Por Leo Baldo
Un muchacho mira una pantalla en una plaza de Veinticinco de Mayo durante la tarde de octubre. No mira los árboles, no mira los pájaros, no mira al perro que le olfatea las zapatillas gastadas sobre un banco de la Plaza Italia. Mira un vidrio. Sus ojos reflejan un azul eléctrico, mortuorio, una luz que encandila, pero no alumbra. La escena se repite en cada esquina, en cada cocina, en cada cama a oscuras donde el insomnio se mastica en silencio. Se bruxea. Vivimos en la era de la anestesia social y la época de la hiper- simulación. Frente a las estadísticas frías que exponen cómo el uso desmedido de los dispositivos destroza la salud mental, es urgente correr el velo y mirar el trasfondo existencial del problema. Las cifras de la depresión y la ansiedad en nuestros jóvenes no son más que el síntoma de una desconexión mucho más profunda: nos estamos quedando sin territorio. Se pierde, de manera progresiva y silenciosa, el vínculo cara a cara. Ya no hay cuerpos, ya no hay miradas reales que validen la existencia del otro; todo ha sido desplazado por una superficie de vidrio. La pantalla brilla con una intensidad magnética, pero es, en esencia, una sombra lúgubre.
La Caverna que Platón no vio y la paranoia de Philip Dick
Es una penumbra tan artificial que ni el propio Platón fue capaz de imaginarla cuando concibió el Mito de la Caverna. Aquellas viejas siluetas de la alegoría griega al menos pretendían copiar el mundo real. Tenían un origen tosco pero vivo. Lo que enfrentamos hoy no es una copia; es el reemplazo absoluto de lo vivo, un simulacro sintético que fibrilla y que se asemeja mucho más a las distopías paranoicas de Philip K. Dick. El propio Dick solía advertir que la realidad es aquello que, cuando dejas de creer en ello, no desaparece. El problema de nuestra era es que hemos elegido creer colectivamente en la ficción de la pantalla para ignorar que la realidad exterior se está desmoronando, que el asfalto cruje y que la soledad nos está comiendo los talones.
El grito grunge atrapado en el feed
Esta desconexión no es nueva, pero ha encontrado su herramienta de adicción perfecta. Ya en los años 90, la furia y el dolor de las bandas grunge escupían en sus letras ese vacío existencial. La apatía insoportable de Nirvana, el aislamiento sofocante que cantaba Alice in Chains metido “dentro de un pozo” (Down in a Hole), o la alienación de Pearl Jam, eran gritos primitivos de una generación que ya se sentía atrapada por la artificialidad de un engranaje. Tenían el pulso rabioso de los poetas beatnik, la urgencia salvaje de Jack Kerouac corriendo por la carretera buscando una verdad esquiva en la mugre y el jazz. Pero en aquel tiempo, el deprimido caminaba la calle, buscaba un par, se miraba en la mugre del garage. Había roña, había sudor, había un otro. Hoy, el descontento grunge no tiene garage ni ruta: se sufre a solas, a oscuras, en un cuarto cerrado, iluminado por el frío reflejo de un feed de TikTok. El grito se volvió un like silencioso.
Redes de control y la colonización algorítmica local
En este desierto virtual, la consecuencia más extrema y desgarradora de la crisis de salud mental se manifiesta en las tasas de suicidio adolescente y juvenil. Un dolor sordo que estalla. Es un fenómeno multicausal, complejo, cruzado por variables socioeconómicas y la falta de perspectivas de futuro, pero que encuentra en el ecosistema digital un acelerador letal: el ciberacoso persistente que persigue a los chicos fuera del aula, la proliferación de algoritmos que glorifican la autolesión y el efecto de imitación digital.
Nos vendieron que internet nos conectaría para salvarnos, pero caímos en una trampa semántica. Creímos que habitábamos redes de contención, pero lo que construimos —como bien anticipó el filósofo Gilles Deleuze en su diagnóstico sobre las sociedades de control— son redes de vigilancia y modulación abierta. Para Deleuze, el poder ya no necesita de muros o cárceles para confinarnos; ahora nos controla a cielo abierto a través de flujos de datos que digerimos voluntariamente. Estas redes no contienen el sufrimiento humano; lo fragmentan y aíslan al individuo en un panóptico digital. No son redes para sostener la caída; son redes de pesca que atrapan al sujeto en su propio desamparo.
Esta misma alienación está siendo diseccionada hoy por intelectuales y científicos de nuestro país que le ponen nombre al desastre. El filósofo y psicoanalista argentino Miguel Benasayag habla de una “colonización algorítmica”, una delegación masiva de nuestras funciones neuronales y afectivas a las máquinas. El dispositivo deja de ser una herramienta y pasa a formatear nuestros cerebros, mutilando la capacidad de pensar el dolor. En sintonía, los investigadores locales Fabricio Ballarini y Juan Eduardo Bonnin, en su ensayo (Des)Conectados, alertan sobre cómo el teléfono ha dejado de ser un simple canal de comunicación para convertirse en una extensión biológica de nuestro propio cuerpo, un implante invisible que nos dicta qué desear y cómo sentir mientras nos desconecta del tejido social y el territorio real. Como bien señalan, la pregunta ya no es qué hacemos con el celular, sino qué clase de vida estamos tolerando dentro de él. A esto se le suma la advertencia del filósofo Tomás Balmaceda sobre la pérdida de la “soberanía cognitiva”: le hemos entregado nuestra capacidad de decidir, de aburrirnos, de rebelarnos, a un puñado de corporaciones de Silicon Valley. La resistencia política hoy no es una pancarta; es apagar la pantalla.
Entretenernos hasta morir y la farsa de la IA
La sociedad del cansancio elige el post-espectáculo. Agotados de trabajar, de no llegar a fin de mes, de la incertidumbre política, elegimos el anestésico. Optamos por la distracción perpetua y el estímulo infinito del scroll adictivo, decididos a entretenernos hasta morir. Ahí vamos, dóciles, recostados en el diván del algoritmo. Esa inteligencia invisible que nos analiza, nos dosifica el morbo y nos ofrece con precisión quirúrgica exactamente lo que queremos —o lo que nos perturba— para mantenernos cautivos. Es un psicoanálisis invertido: no busca sanarnos, sino retenernos en su trampa invisible para vendernos publicidad.
Nos regulan la vida; o peor, te regulamos la vida con más publicaciones, en un círculo vicioso que vacía las veredas. Llegar es ir despacio, llegar es otro encuentro, pausado y con barro en los zapatos. ¿Cuándo la Inteligencia Artificial se pegó una ducha, cambió un mate, caminó sobre el pasto o compartió charlas de tarde en la plaza? Nunca. Sabemos perfectamente que el mundo está jodido afuera, pero cabe preguntarse: los adalides tecnócratas aceleracionistas de Silicon Valley, esos que programan nuestro cautiverio desde sus búnkeres de cristal, ¿cuándo apagan la cosa? ¿Cuándo deciden frenar la máquina?
El autómata que denuncia León XIV
Sobre esta ceguera contemporánea ha alzado la voz el propio papa León XIV en su encíclica Magnifica humanitas, advirtiendo con lucidez el peligro de convertirnos en autómatas frente a las promesas y el dominio de la Inteligencia Artificial. El pontífice nos recuerda la necesidad imperiosa de resguardar una “existencia encarnada” y nos invita a reflexionar sobre cómo la pantalla nos despoja de la libertad y nos hace olvidar el valor intrínseco del rostro humano. Si pasamos más tiempo con el móvil que con la gente, el lazo social y comunitario se quiebra de raíz. Nos volvemos islas de plástico en un mar digital.
El vacío saturado y la lección de Oriente
Esta pérdida de libertad nace de la incapacidad de habitar el presente, algo que las grandes tradiciones de Oriente entendieron hace milenios. El budismo nos enseña que el sufrimiento (dukkha) brota del apego insaciable y de la mente dispersa; el celular es la máquina perfecta de la dispersión, un generador infinito de deseos insatisfechos que nos arranca del único lugar donde existe la vida: el aquí y el ahora. Por su parte, el Taoísmo nos habla del Wu Wei, el arte de la acción sin esfuerzo, el fluir en armonía con la naturaleza y el silencio. El algoritmo es todo lo contrario: es la hiperestimulación forzada, el ruido ininterrumpido que satura el espíritu e impide el vacío creador. Sin vacío interior, no hay espacio para la paz. Atrapados en esa comodidad anestésica, el tiempo pasa, el lazo social se rompe y la vida se vuelve un murmullo digital de clics e interacciones vacías. Mientras la pantalla siga brillando como un falso sol, afuera, en el territorio real, verdaderamente ya no pasa nada. El muchacho en la plaza sigue ahí, inmóvil, mientras el mundo real se desvanece a su alrededor.
Y como dijo alguien, no hay recetas para salvarse, para salvarnos. La estamos pifiando. Hasta el celu dejará de respirar.
