La universidad pública no se discute: Editorial de 25 se informa sobre el ajuste de Milei.

La educación no es un costo, es soberanía. En medio de un ajuste que pretende medir el conocimiento con la frialdad de un balance contable, la defensa de la universidad pública se vuelve un imperativo moral. Desde la Pampa húmeda, 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires, donde el título universitario es el puente hacia la dignidad para miles de hijos de trabajadores, reafirmamos un contrato social que atraviesa nuestra historia: el saber no se negocia.

La masiva movilización federal de este martes de mayo del 2026 no fue un acto partidario ni una puesta en escena de la nostalgia; fue la reacción orgánica de una sociedad que sabe leer su propio destino. Cuando las familias, los científicos y los estudiantes ganan la calle, no están discutiendo una partida presupuestaria; están defendiendo el contrato social más exitoso de la historia argentina. La universidad pública, gratuita y de calidad es el ADN de nuestra clase media y la única biela que permite que el motor de la movilidad social no se clave definitivamente.

El liberal de verdad

Como decía Domingo Faustino Sarmiento: “Hombre, pueblo, Nación, Estado: todo está en los humildes bancos de la escuela”. Esa visión, que empezó en la primaria, encontró su madurez en la Reforma Universitaria de 1918, cuando los estudiantes cordobeses le gritaron al mundo que “los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan”. Fue el radicalismo el que rompió los cerrojos de las aulas, pero fue Juan Domingo Perón quien, en 1949, terminó de demoler las barreras con el decreto de Gratuidad Universitaria. Aquella medida no fue un papel administrativo; fue un acto de justicia que permitió que el hijo del obrero se sentara en el mismo banco que el hijo del patrón. Como decía Perón: “Para nosotros, la cultura es un bien social, no un privilegio de casta”.

Ahora, la crisis de financiamiento dejó de ser una advertencia técnica para convertirse en un riesgo operativo real. No se trata solo de facturas de luz; se trata del vaciamiento de los laboratorios. Bernardo Houssay, nuestro primer Nobel, lo advirtió con claridad: “La ciencia no es cara, lo caro es la ignorancia”. Desfinanciar la ciencia local es renunciar a la soberanía. Es olvidar el legado de René Favaloro, quien se formó en la universidad pública para devolverle la vida a millones, siempre con la mirada puesta en el que menos tiene. Favaloro decía que “la educación es el primer paso para la libertad”, y no hay libertad posible si el saber queda encerrado en un círculo de privilegios.

En el interior, donde el desarraigo es el primer examen que rinde cada joven que deja el pago para irse a estudiar, la universidad es la promesa de un regreso con dignidad. Para los que somos primera generación de universitarios, el aula fue el territorio donde la desigualdad se detuvo. Allí, el esfuerzo dejó de ser una quimera. Lo dijo Raúl Alfonsín: “Con la democracia se come, se cura y se educa”. Y la educación es, justamente, el cimiento de esas otras dos promesas. Sin universidad pública, el “mérito” es una estafa para los que nacieron en el barro de la necesidad.

¿El desarrollo es educación?

Si. No existe desarrollo nacional si se hipoteca la formación de los profesionales. La universidad pública no es un gasto que se poda para cerrar un balance; es la inversión más estratégica de un país que pretenda salir de la periferia. Como demostró la Justicia con los recientes fallos favorables a la Ley de Financiamiento, la educación es un derecho, no una concesión.

Sin embargo, el Gobierno de Javier Milei insiste en leer la cultura y el saber con la frialdad desde un video de Tik Tok. Ignora que el capital más valioso de un país no está en las cuentas bancarias, sino en la cabeza de su gente. Pretender que el mercado solucione lo que el Estado debe garantizar es, en el mejor de los casos, una ceguera ideológica y, en el peor, un ataque deliberado al futuro de los argentinos. Atacar a la universidad es atacar el corazón de la Argentina que progresa. Es hora de que el Presidente entienda que el futuro del país se escribe en los bancos de sus facultades, o el costo de su ajuste lo terminaremos pagando con siglos de atraso.

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