Atrapada en la tiranía del algoritmo y el aceleracionismo digital, la clase dirigente contemporánea abandonó la construcción de ideas para volcarse al escándalo performático y la disputa por el engagement. Mientras los significantes históricos se vacían y las bancas legislativas —desde el Congreso y la Legislatura hasta los propios Concejos Deliberantes— se paralizan en la chicana para redes, la discusión política se vuelve inalcanzable para la demanda real de la ciudadanía. Entre el refugio simbólico del fútbol y la retórica corporativa, la verdadera construcción del poder reaparece desde abajo: en el barro territorial del municipio y en el cara a cara de la comunidad, lejos del ruido abstracto de los parlamentos
(Por Leo Baldo) Las dirigencias políticas contemporáneas —distantes de la política entendida como praxis, sociología o teoría del poder— han mutado hacia una dinámica de producción continua para redes sociales. No se trata únicamente de un cambio de soporte, sino de la adscripción plena a la tiranía del algoritmo: un aceleracionismo donde la discusión de ideas cede ante la efectividad del impacto. En ese tablero, la búsqueda de la hegemonía discursiva es reemplazada por la provocación performática, la exposición banal o el escándalo calculado como único insumo capaz de cotizar en la economía de la atención. Ya lo advertía el filósofo surcoreano Byung-Chul Han al señalar que “la democracia se degenera en una infocracia donde la comunicación ya no es un diálogo, sino un intercambio acelerado de información sin sentido ni verdad”.
Es que, este desplazamiento clausuró el debate argumentado e instaló una conversación vacua y desarticulada. A la par de una degradación institucional donde la agresión desplaza a la propuesta, y así se consolidó un quiebre epistemológico post-pandemia: la horizontalidad digital equiparó el saber técnico acumulado —simbolizado en el legado de figuras como René Favaloro— con la vehemencia de la opinión infundada. La jerarquía del conocimiento fue sustituida por el estruendo de la red. La profecía de Umberto Eco cobra así una vigencia brutal cuando denunciaba que los entornos digitales le otorgaron “el derecho a hablar a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad, pero que ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel”.
La batalla por los restos del lenguaje
Desde hace más de una década, la contienda política se volvió endogámica, clausurada sobre sí misma y opaca. Ahora, y no con bandoneón ni radio, asistimos a un escenario de dislocación donde los vocablos y los símbolos han perdido su anclaje histórico para convertirse en simples juguetes retóricos. Ernesto Laclau supo teorizar sobre los “significantes vacíos” como la clave para construir hegemonía, pero la praxis actual deglutió la teoría: los conceptos ya no se articulan para construir sentido colectivo, sino para fragmentarlo.
En la Casa Radical de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires,, dirigentes como Emiliano Balbín apeló de forma directa al sujeto trabajador, disputando el significante central del peronismo en un momento en que el propio PJ navega dinámicas de fragmentación interna bajo la conducción de Máximo Kirchner, distante de la centralidad y el volumen político que ordenó el proceso nacional durante la gestión de su padre. Como solía recordar el historiador Tulio Halperín Donghi al analizar las mutaciones del movimiento nacional, los liderazgos hereditarios en la Argentina suelen chocar contra la resistencia de una realidad social que exige efectividad y no solo linaje.

Así las cosas, en el plano nacional, la narrativa oficial erige una retórica anticasta encarnada por Javier Milei, cuya trayectoria remite al entramado corporativo de grupos como Eurnekian y a vínculos estrechos con el esquema inmobiliario y financiero de Elsztain: son la casta. Y, en esta disputa por el sentido, conceptos como libertad, soberanía, patria o alegría circulan como cáscaras que cada sector intenta ocupar y despojar de sustancia. Como escribió oportunamente el sociólogo Horacio González, “el lenguaje político argentino se ha vuelto un campo de ruinas donde las palabras navegan errantes, capturadas por el mercado para decir exactamente lo contrario de lo que supieron fundar”. El lenguaje se ha vuelto viejo y los significantes son apropiados según la conveniencia del minuto a minuto.
El fútbol como refugio y la política desposeída
En medio de esta intemperie simbólica, el último reducto de cohesión comunitaria y capacidad para revertir la adversidad pareció depositarse en un terreno ajeno a los comités: la Selección Argentina de Lionel Scaloni. ¿O acaso no es política la construcción de un mito de resiliencia colectiva? Lo supimos desde aquel triunfo histórico ante Inglaterra en el ’86; el fútbol opera como el cristal desde el cual se interpreta la posibilidad de torcer el destino.
Y eso a pesar de la estructura que lo cerca: un entramado institucional hiperburocratizado donde operan los hilos corporativos de la FIFA, Gianni Infantino, la UEFA, el poder político encarnado en figuras como Mauricio Macri o la AFA de Claudio “Chiqui” Tapia. Todo un ecosistema corporativo que pretende adueñarse de la pasión popular. Sin embargo, como bien sintetizó el periodista Alejandro Wall al señalar que el fútbol, en su fibra última, le pertenece a la gente, ocurre una operación idéntica en la vida pública: la política y la exigencia de respuestas también le pertenecen al ciudadano, no a la casta de dirigentes que pretende administrarla como un negocio privado.
La parálisis parlamentaria y la escala local frente al ruido abstracto
Mientras en los palacios legislativos —desde el Congreso de la Nación y la Legislatura Bonaerense hasta las bancas de los propios Concejos Deliberantes— los proyectos técnicos, estructurales y las soluciones urgentes duermen en el cajón de alguna comisión a la espera de un cálculo electoral o de la tendencia de la tarde, la demanda social discurre por carriles materiales que no responden a las lógicas del algoritmo.
Los parlamentos, en todos sus niveles, se han convertido en el escenario predilecto de esta degradación. El Concejo Deliberante no es la excepción: contagiado por el virus de la política de pantalla, el ámbito donde debiera primar el acuerdo sobre el terreno se transforma, muchas veces, en una maqueta a escala de las disputas nacionales, con concejales más preocupados por la chicana virable y el impacto en redes que por la viabilidad de una ordenanza. Son recintos paralizados en su función transformadora, pero hiperactivos en la producción de contenido. La fractura ya no responde al esquema clásico de la “grieta”, sino a una distancia abismal entre la agenda legislativa y la cotidianeidad de la comunidad.
Frente a la doctrina tradicional que postula la construcción del poder de arriba hacia abajo, la dinámica territorial sugiere el camino inverso. Antonio Gramsci insistía en que la verdadera política es aquella capaz de traducir el “sentido común” de las masas en un proyecto orgánico desde la base misma de la sociedad. En la escala municipal —allí donde la gestión debe dar la cara a diario prescindiendo del confort del circo parlamentario— la administración se ve obligada a articular respuestas concretas ante la atmósfera planteada. En las intervenciones del intendente Ramiro Egüen se explicita esa delimitación: ante la parálisis legislativa o la disputa abstracta entre Nación y Provincia, la política retoma su escala primaria en el municipio: autarquía. Es en la calle, en el colectivo, en la carnicería, y en el diálogo cara a cara donde la comunidad impone sus prioridades inmediatas, muy lejos del espectáculo algorítmico que entretiene a la dirigencia en las bancas.
Una mirada más entre las múltiples posibles para intentar decodificar el presente. Mientras tanto, queda flotando el deseo de que sobrevuelen este escenario sombrío los ángeles de Sabatino Arias con su poesía del espacio cotidiano, o aquellos cielos sobre Berlín filmados por Wim Wenders, donde los ángeles escuchaban en silencio los pensamientos de los hombres para recordarles que, aun en las ruinas, la experiencia humana se construye desde el afecto y la verdad de la mirada.

Y al fin, al fin, todos parecen negociar arriba. El gran espectáculo.
Mientras tanto, hay que volver a creer en la política y a demandar a cada persona que elegimos que hagan las cosas por cada comunidad. Si es que no es así, somos responsables. Y “a andá cantarle a Gardel”.
Nadie lee, sino que escaneamos con la mirada. Al menos, ese es mi prejuicio.
