El misterio del Surubilo cuevero: el pez que nada en barro, sobrevivía a las corridas y que ahora podría morir con la inflación

Entre el mito rural y la picardía económica, la leyenda del pez cuevero emerge en el suroeste bonaerense como el reflejo perfecto de la resistencia criolla: un animal indomable que prefiere la turbulencia del barro y encuentra en el desconcierto general su mejor hábitat para sobrevivir

Se afirma en la zona que al Surubilo no lo asusta la seca ni lo ahoga la creciente. Mientras la fauna autóctona se repliega cuando aprieta el calor o se seca el arroyo, esta especie anómala —mitad criatura de tosca, mitad operador de la incertidumbre— emerge con precisión quirúrgica cada vez que el suelo cede o se sacude la economía.

No necesita grandes cauces. Le alcanza con el fango espeso de las canaletas, la penumbra de las cuevas de tosca y la inconsistencia de un terreno siempre dispuesto al barrial. Quienes caminan la orilla juran que el animal no busca el agua clara: prefiere la turbiedad, allí donde la visibilidad es nula y los demás peces flotan desconcertados.

Así las cosas, en las mesas de café de la ciudad cabecera, la leyenda cobra forma de tratado económico rural. No falta el paisano que asegura haberlo visto asomarse cerca del Canal La Laura justo cuando el dólar financiero pega un salto o cuando los anuncios oficiales prometen lluvias que nunca llegan.El Surubilo no come carnada común”, comentan el señor Mucho Loro, en La Familiar. “Se alimenta del desconcierto general y de los excedentes que no encuentran dónde guardarse”, lanza mientras se vas con tres mollejas asadas en una bandeja marca pale assarini.

La cuestión es que la sabiduría popular del interior bonaerense lo bautizó con rapidez: el pez cuevero. Una categoría biológica no contemplada por los manuales de zoología, pero indispensable para entender la supervivencia en la llanura. Mientras el productor mira al cielo esperando una señal y el comerciante remarca con la solapa del diario bajo el brazo, el Surubilo permanece agazapado en la cueva, inmune a las devaluaciones, el viento norte y la charlatanería de paso.

En tanto, se despliega una épica absurda y entrañable en su figura. El Surubilo es la síntesis de la resistencia criolla frente al devenir de un país que cambia de clima permanentemente: antes con las corridas cambiarias y ahora con la inflación. Estancado. No pretende ser elegante ni ostentar el movimiento dolfin; le basta con saber cavar hondo, aguantar el sofocón y reaparecer justo cuando todos daban por terminada la fiesta.

Cuidemos al surubilo

Sin embargo, los tiempos están cambiando y el barro ya no es el mismo. Hoy, el Surubilo sabe perfectamente que hay problemas nuevos en el aire. La inflación actual, corrosiva y constante, empezó a disolver el lodo espeso que siempre le sirvió de escudo. Por primera vez en la aldea se habla de un peligro inédito: que el animalito pueda morir, paradójicamente, ahogado en agua.

Es que una inflación desbocada amenaza con licuar el desconcierto del que se alimenta, forzando una dolorosa e inesperada transparencia. Si las reglas del juego se vuelven demasiado crudas o si el cauce se aclara a la fuerza, el pez cuevero quedará expuesto, sin la protección de su penumbra habitual. No sabe respirar en agua limpia; su biología está hecha para la sospecha y el refugio.

Al final del día, cuando el sol cae sobre los alambrados y el barro empieza a endurecerse, el misterio persiste, pero con una sombra de preocupación. El pez no está en el plato ni en la red de ningún pescador. Sigue ahí abajo, en la cueva, resistiendo el calor y recordando a quien quiera oírlo que en esta tierra no sobrevive el más rápido, sino el que mejor sabe moverse a ciegas. La duda que desvela a los paisanos es si esta vez, en la correntada de la inflación, el viejo Surubilo logrará encontrar una cueva lo suficientemente honda para no terminar ahogado a la vista de todos.

Compartir