El engranaje del cinismo: cuando la corrupción se transforma en una costumbre cotidiana

A través de conceptos de Peter Sloterdijk, Jorge Asís, Carlos Pagni y Martín Rodríguez, esta columna de opinión desglosa la institucionalización de la trampa en la política argentina. Un análisis incisivo sobre cómo la simulación profesional de la dirigencia y la resignación social convirtieron a la irregularidad en la regla del juego

(Por Leo Baldo) El deterioro institucional que hace años se encarna en la Argentina no pertenece a un gobierno particular ni se agota en una jurisdicción específica. Se despliega como un entramado capilar que atraviesa horizontal y verticalmente cada estamento del poder: desde la cúpula nacional hasta el último mostrador de la administración pública. La corrupción no funciona como una anomalía aislada, sino como un engranaje institucionalizado donde los diferentes niveles del Estado reproducen la misma inercia de impunidad y pragmatismo.

En este sentido, bien puede encajar aquella formulación del filósofo Peter Sloterdijk sobre la “falsa conciencia esclarecida” —esa conducta donde el individuo sabe perfectamente que la estructura está viciada y, aun así, actúa como si nada pasara— explica la dinámica de nuestro ecosistema político. En todos los órdenes de la función pública y en las distintas capas de la representación territorial, la premisa operativamente dominante es idéntica: los actores conocen la trampa a la perfección, comprenden la fragilidad del sistema y, sin embargo, eligen perpetuarlo a diario.

El teatro de sombras y el pacto de anomia

En los recintos legislativos y en las oficinas de decisión, el debate sobre el desarrollo estructural ya cedió su lugar a una puesta en escena perfectamente calculada. Como suele analizar Jorge Asís, la política argentina funciona muchas veces bajo un formato de simulación profesional: un teatro de sombras donde la gesticulación de la transparencia forma parte del mismo elenco estable que sostiene el negocio. Se actúa el combate frente a los micrófonos, pero en la reserva de los pasillos opera la dinámica que Carlos Pagni define como una anomia institucional consensuada. Un pacto donde oficialismos y oposiciones evitan auditar el engranaje real con el que se sostiene la política. Sos tu soberano. La falsa conciencia esclarecida como doctrina de Estado.

Así las cosas, esta mecánica encaja con la tesis que Martín Rodríguez desarrolla desde Panamá Revista sobre la política como una tecnología para la contención y la administración de la decadencia: una dirigencia que renunció a la idea de transformar la realidad y que se dedica, en cambio, a gestionar el “mientras tanto” para que el conflicto no desborde en su propio turno. Nadie confronta los vicios de fondo porque alterar ese mecanismo implicaría romper una convivencia no escrita que involucra a múltiples estamentos.

En los ejecutivos, el cinismo institucional adquiere contornos pragmáticos. La prioridad de la administración deja de ser la resolución de las problemáticas estructurales para reducirse a la contención del conflicto inmediato. Funcionarios y técnicos de carrera aceptan postergar la planificación en función de la coyuntura, emparchan fallas históricas y sostienen esquemas precarios para evitar que la tensión escale. La consigna implícita no consiste en resolver, sino en administrar la inercia hasta el siguiente turno electoral.

La costumbre del acostumbramiento

Este engranaje no perdura únicamente por la pericia de la clase dirigente, sino por un proceso de resignación social colectiva. El ciudadano ha acumulado un historial tan extenso de frustraciones que terminó por naturalizar el desvío. Se conoce, muchas veces, el favoritismo en las contrataciones estatales, se identifican los proveedores privilegiados y se asume de antemano que los compromisos de campaña se diluirán tras el cierre de las urnas.

Ese conocimiento, lejos de canalizarse en un reclamo articulado de transparencia, deriva en una adaptación pacífica. Y así, la sociedad se acostumbra a convivir con la trampa, a buscar la salida individual y a aceptar el favor parcial como el único horizonte posible. La corrupción deja de indignar para convertirse en la regla del juego.

El riesgo de un sistema sin expectativas

Cuando la naturalización de la irregularidad atraviesa todas las escalas de la vida pública, lo que se erosiona es la confianza misma en la convivencia democrática. La política pierde su capacidad de transformación real y queda reducida a una estructura de subsistencia corporativa que se alimenta del acostumbramiento general.

Romper la inercia de una sociedad que reconoce los vicios del sistema, pero que se resignó a convivir con ellos, exige abandonar la comodidad de la falsa conciencia. Mientras la dirigencia no asuma los costos de la transparencia y la ciudadanía persista en la aceptación de la trampa, el funcionamiento del país continuará siendo la repetición metódica de su propia parálisis. Para todo lo demás, existe House of Cards, Luís Barrionuevo y su histórica declaración de no hay que robar al menos por dos años o algunas canciones que bien podrían encajar. Deje la suya.

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