El fin de la niñez entre el pulso de Pink Floyd y la profecía de Arthur Clarke

El tiempo se nos escurre entre las manos con la misma velocidad con la que cambia el cauce del agua. A veces hace falta detener el paso en medio del barro cotidiano para mirar hacia atrás y entender dónde quedó guardada esa mirada inocente que teníamos cuando el mundo nos parecía inmenso. En esta lectura, la poesía del rock y la ciencia ficción se cruzan en un mismo espejo para hacer la pregunta que casi nunca nos animamos a responder: cuánto nos cuesta, en verdad, la inevitable costumbre de crecer

(Por Leo Baldo) Eso que llamamos tiempo no avanza: arrolla. Gotea despacio, como la #lloviznola, entre las grietas de la rutina cotidiana mientras el almanaque engulle, sin pedir permiso, la inocencia del patio, los potreros de tierra y las siestas eternas. En 1972, cuatro extraterrestres británicos encerrados en un estudio de grabación no pensaban en el bronce ni en las estatuas; sentían el mismo vértigo que experimenta cualquiera cuando descubre que la juventud empieza a quedar del otro lado del charco. Childhood’s End, penúltimo track del álbum Obscured by Clouds, no representa una simple composición de catálogo; constituye una verdadera trinchera lírica y el último refugio poético donde David Gilmour tomó la lapicera para escribir antes de cederle definitivamente el monopolio de las palabras al cinismo conceptual de Roger Waters.

El título de la canción no brotó de la nada. Gilmour fue a buscar la chispa a la novela homónima que Arthur C. Clarke había publicado en 1953, una obra donde la evolución de la humanidad hacia una mente colmena exigía, como condición obligatoria y desgarradora, el abandono definitivo de la infancia de la especie. La profecía del escritor de ciencia ficción encuentra su correlato más crudo en la vereda de cualquier barrio: la transición colectiva hacia la adultez duele porque exige pagar el peaje de la soledad. El salto evolutivo de Clarke, trasladado al plano terrenal, es el momento exacto en que dejamos el calor del juego compartido para sentarnos en la soledad del living a masticar impuestos, nostalgias y decisiones propias. Gilmour entendió esa tesis con nitidez: crecer cuesta, invariablemente, una porción del alma.

Al desmenuzar la letra de la canción se percibe el frío característico de las determinaciones individuales. Los versos exponen la brecha irreconciliable entre aquellos sueños ingenuos acuñados en la infancia y la automatización implacable del sistema adulto. Existe allí un marcado pulso existencialista; el individuo queda condenado a su propia libertad, obligado a optar y a contemplar cómo las aspiraciones más puras se marchitan al chocar contra la inercia diaria. La poesía de Gilmour no juzga, sino que abraza con empatía la fragilidad de quien se descubre vulnerable frente a la marcha del reloj, cuando la realidad impone sus reglas y el horizonte de la niñez se disuelve como niebla sobre el agua.

En aquel 1972, Pink Floyd funcionaba todavía como un laboratorio artesanal de ideas antes de transformarse en la maquinaria monumental de The Dark Side of the Moon. La banda trabajaba a contrarreloj en Francia, componiendo la banda sonora para el filme de Barbet Schroeder, en un clima de búsqueda sonora libre de presiones monumentales. En ese contexto de trinchera, la participación de Gilmour aportó una sensibilidad melancólica singular. Frente al discurso duro y político que imprimiría Waters a los trabajos posteriores, la lírica de Childhood’s End destaca por una melancolía noble, donde la guitarra eléctrica y la palabra caminan juntas para cantar al desencanto sin perder la calidez humana.

El fin de la niñez no requiere de invasiones espaciales ni de grandes cataclismos épicos. Sucede en silencio, una tarde cualquiera, frente al espejo, cuando la mirada devuelve el rastro inevitable de los años y la certeza rotunda de que ya nadie vendrá a salvarnos de nosotros mismos. El mapa estelar de Clarke y las notas flotantes de Pink Floyd nos recuerdan que, aunque el río del tiempo continúe su curso hacia mar abierto, siempre quedará esa melodía como refugio para los que aún extrañan el barro.

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