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Opinión. Por Yago García, director general de Control de Gestión Ciudadana de la municipalidad de 25 de Mayo

El territorio se construye, se cuida o se abandona según la visión social de quien tiene la responsabilidad de administrarlo. Hay una regla que se cumple siempre en una ciudad; allí donde el Estado se ausenta y deja que los espacios comunes se arruinen, la comunidad se repliega, el espacio se vuelve hostil y aparece la sensación de inseguridad. Un edificio a oscuras o un predio abandonado no son solo marcas visuales de desidia; son vacíos urbanos que generan desprotección y rompen el tejido social.

Durante años, distintos sectores de nuestra ciudad parecieron quedar atrapados en esa inercia. Este fenómeno no es aislado ni único de nuestro distrito, ya que en muchas ciudades se puede ver a simple vista cómo grandes infraestructuras fueron perdiendo su función social ante el abandono estatal, quedando reducidas a cáscaras de cemento y olvido.

Sin embargo, cuando el patrimonio se convierte en un depósito o en un lugar de paso, el vecino pierde el sentido de pertenencia y cede el espacio a la degradación. Hay quienes prefieren analizar la política local desde la especulación o el señalamiento distante, como si las necesidades de una comunidad se resolvieran en discusiones sin sentido, donde muchos hablan, pero nadie se involucra del todo. Sin embargo, la gestión pública cobra sentido en la calle, transformando la realidad que habitamos a diario.

Embellecer un espacio, iluminarlo y dotarlo de infraestructura no es un acto meramente estético. Es una decisión de seguridad ciudadana y ordenamiento. Cuando un espacio o un edificio se recupera, se ilumina y se vuelve accesible, la gente retorna a habitarlo. Y cuando es ocupado por la familia, por los jóvenes y por los abuelos es, por definición, un espacio seguro. La verdadera prevención y el cuidado de la comunidad empiezan por devolverle al vecino el orgullo y la tranquilidad de caminar por su ciudad.

En 25 de Mayo, el plan de puesta en valor de esta administración responde a esa convicción. Los hechos están a la vista. Con el arreglo del edificio de la calle 27, un inmueble que albergó a la ex Escuela Profesional Nº 1 y que estuvo expuesto al deterioro durante años, hoy funciona allí la nueva Casa de la Cultura junto al Museo del Dibujo ‘Oscar Blotta’. Siguiendo esa misma lógica, la apertura de la oficina de Turismo en el predio ferroviario y las mejoras en el CEF N° 7 demuestran que el patrimonio municipal no está para dejarse caer.

Esta misma mirada se lleva a nuestro principal punto de encuentro al aire libre; el predio de la Laguna Mulitas. Arreglar los baños públicos y el natatorio municipal, además de poner en condiciones la Base de Campamento, no son cosas sueltas. Significa transformar un lugar hermoso que todos usamos en un espacio limpio y seguro para las familias, para las escuelas y para los turistas que nos vienen a visitar.

Frente a la crítica previsible que suele acompañar a cualquier proceso de transformación, la realidad física es difícil de soslayar. Se puede opinar desde la comodidad, pero un edificio recuperado se habita, una luminaria encendida aporta seguridad y un servicio funcionando se utiliza todos los días. La política pública adquiere legitimidad cuando se materializa sobre el suelo que pisamos. Recuperar cada metro cuadrado para la comunidad es, en última instancia, la forma más concreta de cuidar a nuestra gente y construir futuro en nuestro propio territorio.

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