Más allá del protocolo que vacía mochilas y satura veredas de uniformes, la violencia escolar emerge como un sismo sordo en el aula. Entre el asedio del algoritmo y el estigma que erosiona el alma, urge recuperar la mirada que aloja y repara. Leer la corriente y poner el cuerpo en la profundidad de ese entramado social que nos habita: ahí, detrás de la rompiente, se juega la verdadera contención
Por Leo Baldo
Cicatriz de pupitre. El nudo ciego de la violencia no estalla con el grito; nace antes, en la sombra mansa de la omisión.
Es un sismo sordo. Un temblor de mochila ausente que carga con el peso de lo que no se dice.
El protocolo hoy dicta el vacío: ingresar sin bolsos, vigilar pasillos, saturar de uniformes la vereda. Pero el riesgo no solo viaja en la tela; viaja en el silencio.
La escuela, parafraseando a Karina Kaplan, debe ser esa escollera donde la mirada repara.
Un refugio de humanidad frente al estigma que erosiona el alma. Es la reparación simbólica contra el dolor social. Sin embargo, hoy el aula, es un mar picado, desconocido, lleno de tierra.
Y, el algoritmo, como lo repetimos acá hasta el cansancio, hace meses, acelera el acoso y
la pantalla proyecta una pena profunda, una marea de desprecio que nadie nombra.
Intervenir no es castigar el fuego. Es cuidar la brasa. Es sincronizar la respiración ante el infinito texto de silencios que hoy separa a un pibe de otro.
No hay descanso posible mientras el pulso de la indiferencia permanezca en el brazo izquierdo del cuerpo social.
Urge la palabra que aloja.
El derecho a ser visto, a ser nombrado, a existir sin el estigma del descarte.
Porque una comunidad que no abraza a sus hijos es una comunidad que nada a la deriva. Un náufrago que siempre, invariablemente, llega tarde.
Hay que leer la corriente que nos toca. Es difícil.
Hay que poner el cuerpo.
La verdadera contención sucede ahí: detrás de la rompiente del amplio entramado social que nos habita.
