El error de Florencia Peña en Luzu TV expone la fragilidad de un ecosistema digital dominado por el fetiche de la inmediatez. Entre la negligencia legal, el rigor ausente del streaming y el firme llamado de FOPEA a recuperar el chequeo básico, una reflexión sobre el periodismo en tiempos de ruidos, cucarachas y las viejas verdades líquidas
(Por Leo Baldo) Ayer, con el grosero error sobre la salud del padre de Lionel Messi, volvimos a poner en la mira lo que consumimos. La primicia concebida como el todo. El fetiche de una época bruta, apurada, voraz, breve. ¿Por qué debería sorprendernos lo que ocurre en los medios si solo espejan lo que todos supimos conseguir? La pregunta es perfecta, pero abre un interrogante incómodo: ¿hasta cuándo va a durar esta dinámica caníbal?
El reciente episodio de Florencia Peña en Luzu TV —donde anunció en vivo el fallecimiento de Jorge Messi— no encuadra técnicamente dentro de la “real malicia”. En términos jurídicos, para que esa figura exista, se debe difundir una falsedad a sabiendas de que es mentira, con un desprecio absoluto por la verdad y la intención directa de dañar. El caso de la actriz se inclina hacia la pura negligencia y el error de praxis por razones evidentes: no hubo dolo, el dato falso le llegó dictado por su producción a través del auricular (“cucaracha”) en medio de la vorágine del aire, y el reconocimiento del equívoco fue inmediato, con disculpas públicas muy afectadas hacia la familia del futbolista. El propio canal calificó el hecho como “inadmisible por la falta de verificación previa”, una falta de cuidado que derivó en la desvinculación de los responsables. Como advertía el filósofo Zygmunt Bauman, en la era de la información la velocidad cotiza más que la solidez, transformando al flujo de noticias en un vertedero saturado donde lo que importa es estar visible, aunque sea a costa de un error garrafal.
Chequear
Frente a la liviandad del dato escupido sin filtro, la historia del oficio ofrece contraejemplos que hoy parecen de otra era. Es importante recordar cuando en vivo, frente a la versión que corría como pólvora en las redacciones, el periodista Sebastián Vignolo se tomó al menos 20 minutos para verificar el fallecimiento de Diego Armando Maradona antes de soltar la noticia al aire. Veinte minutos de silencio contenido, de llamados cruzados, de sostener el aire con el peso de la responsabilidad sobre los hombros. Ese abismo temporal, impensado para el minutero del streaming actual, marca la frontera entre el respeto por la profesión y el abismo de la primicia vacía. Ryszard Kapuściński señalaba que cuando la información se convirtió en un negocio, la verdad pasó a un segundo plano; hoy los espacios buscan capturar la atención a cualquier precio, olvidando la ética elemental.
Ante la gravedad del asunto, el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) emitió un comunicado tajante titulado “El periodismo exige chequear la información“. A raíz de la falsa noticia difundida en Luzu TV, la organización remarcó de manera institucional que “la velocidad no justifica omitir la verificación” y recordó firmemente que “el rigor ético es irrenunciable en cualquier plataforma”. La advertencia deja en claro que las nuevas tecnologías no eximen a nadie de las reglas básicas del oficio.

Todo este fango actual trae también el eco inverso de aquella tarde en que Mario Pergolini inventó al aire la muerte de Phil Collins. A los cinco minutos, toda la televisión argentina replicaba la noticia como real, sin el más mínimo pudor ni chequeo. Tirar cualquier dato para ganar el click pasó antes, pasa ahora y va a seguir pasando. La miseria es la misma; solo cambiaron las plataformas y la velocidad del naufragio. Ya lo sentenciaba Umberto Eco al analizar la horizontalidad de los nuevos entornos digitales: el drama del directo descontrolado es que ha promocionado cualquier rumor de pasillo como si fuera una verdad consagrada, eliminando los filtros necesarios.
Ese híbrido entre radio y televisión que llamamos streaming debe comprender que, si decide correr detrás de la urgencia informativa, necesita de manera urgente un andamiaje periodístico básico. Hay que chequear, chequear y volver a chequear. Sobre todo en estos tiempos donde, como argumenta Byung-Chul Han, el exceso de información no produce ninguna verdad, sino un ruido impenetrable donde el impacto emocional y la fake news operan con más fuerza que los hechos concretos, desdibujando por completo los límites de lo verosímil.
Es un gran día para recordar que “el periodismo”, como abstracción moral, no existe; lo que existen son los periodistas y las empresas de medios que deciden cómo habitar el aire.
