La Selección parecía un boxeador grogui en la lona de Atlanta, masticando el polvo de un dos a cero irreversible. Pero el fútbol, que es una adicción hermosa y una timba de almas desveladas, nos regaló una ráfaga mística: frentazo del “Cuti”, redención de Dios y el testazo agónico de Enzo para seguir vivos bajo este cielo
(Por Leo Baldo) Hay tardes donde la táctica se va al carajo y lo único que queda es el pulso de la sangre. Un frío espeso corría por el espinazo de los que mirábamos el televisor con los ojos inyectados en urgencia. Argentina se desangraba en Atlanta. Perdía dos a cero con Egipto, cargaba con la cruz de un penal tirado a la marchanta por el mismísimo Messi y el reloj metía una presión de soplete en la nuca. Parecía el fin de una era, el final del viaje, la hora de juntar los bártulos y masticar el vacío.
La historia arrancó torcida, bien de abajo. A los 14 minutos Ibrahim metió un testazo que se clavó como una puñalada en el área nuestra. Tratamos de reaccionar, pero la tarde venía con el diablo metido en el cuerpo: penal para la Albiceleste y Lio, el tipo que nos dio todo, la tiró afuera. El silencio dolió más que el gol. En el complemento, cuando el equipo buscaba con más desesperación que ideas, Ziko clavó el segundo a los 66. Dos a cero. El piso se movía y el abismo nos miraba de frente. Las valijas estaban casi arriba del micro.
Pero este equipo tiene el cuero duro y sabe lo que es chapotear en el barro. No se puede explicar con el diario del lunes, hay que haber estado ahí. A los 78 minutos, cuando el aire ya era un lujo y las gargantas estaban secas de tanto putear, el “Cuti” Romero se armó de coraje, fue a buscar un centro con el alma y metió un frentazo criminal que venció al arquero egipcio, un tipo que hasta ese segundo parecía una pared inexpugnable. El descuento fue un Big Bang, un tajo salvaje a la lógica que nos despertó a todos.
Cuatro minutos después, a los 82, llegó la justicia de los que nunca se rinden. Montiel desbordó por la banda, mandó el centro al corazón del área y Messi, con la calma de los que tienen un pacto firmado con la eternidad, la mandó a guardar. Dos a dos y a cobrar. El infierno se volvía a emparejar.
El colofón de esta locura, el golpe definitivo para que la épica sea completa, llegó al minuto 92. Con los egipcios refugiados en su propia impotencia y el partido roto, Enzo Fernández se elevó más alto que nadie y metió un testazo limpio, sagrado, agónico. Tres a dos. Del infarto al grito pelado en el living, sin escalas.
Ganó Argentina porque tuvo la poesía desgarrada de los que quieren quedar en la historia y la lucidez para editar el destino sobre la marcha. Las almas volvieron a su sitio. Ahora esperan Suiza en cuartos, pero que vengan: este equipo ya demostró que sabe cómo ganarle a sus propios fantasmas. En fin.
